Notas sobre un visionario
Alvaro Enrigue es escritor. Su novela más reciente es Decencia (Anagrama). Ganó el premio Joaquín Mortiz con La muerte de un in
Más de Álvaro EnrigueHay una hermosa y memorable tanda de sujetos adjetivados que Fernando Vallejo elabora para describir el comportamiento hostil y traicionero de un río en El desbarrancadero: “Pillo redomado, tunante taimado, bribón disimulado, truhán quintaesenciado, cejijunto lujurioso, hidrófobo rabioso, rufián rapaz, pozo sin fondo, uñas de gato, presidente de México, espejo de malnacidos, prototipo de granujas, paradigma de bellacos”. Son grandes y quevedianos insultos, de los que mi favorito, obviamente, es: “presidente de México”.
Volví a Vallejo porque cuenta viendo hacia delante en una Hispanoamérica en la que los gobiernos totalitarios se han retirando casi por completo, dejando en su lugar algo todavía peor, que es la ausencia de gobiernos –no es tan raro, en este contexto, que los mexicanos vayan a llevar al PRI de nuevo al poder el próximo verano, ni que los argentinos cierren filas, a pesar de todo, con el peronismo más recalcitrante. La propuesta de Vallejo a esa nueva situación es contar desde afuera: deshacerse del lastre de la patria y con él de la suspensión de la incredulidad, de la línea argumental, del caballeroso pudor de las clases medias, que disfrazamos de estilo una eterna crisis de autoestima continental.
El desbarrancadero cuenta dos muertes: la de Darío, el hermano con sida del narrador y la del padre de ambos –que sucede un año antes—por un cáncer de hígado: una muerte lenta y dolorosa. Ambas historias tienen en común que el narrador vuelve al infierno chico de la casa familiar a atender las últimas horas de una persona a la que quiso y respetó. De todas las truculencias y lamentos expuestos a lo largo del libro, la muerte del padre es la más desgarrada porque el narrador decide detener su sufrimiento, contra su voluntad, inyectándole la sustancia que mata a nuestras mascotas cuando decidimos ponerlas a dormir en el veterinario.
Vallejo cuenta en primera persona cómo fue a comprar el veneno y cómo lo utilizó alguna vez para detener el dolor de un perro callejero. Cuando ha llegado la hora, se mete al baño, toma el frasco del botiquín, se ve en el espejo y entonces cambia a tercera persona. El retiro marca al lenguaje a un nivel estructural: no en lo que cuenta o en sus giros mestizos, sino en el andamiaje mismo sobre el que se levanta. Frente al acto criminal, la escritura se corporativiza, deja de enunciar a un yo, porque en la América Latina de nuestros días el horror se ha vuelto una empresa privada: ha pasado de ser inflingido por los gobiernos a ser producto de las corporaciones hipercapitalistas que llamamos “el crímen organizado” y que en realidad son transnacionales que siguen un modelo peculiar de negocio, por el que por cierto no se paga impuestos: la distopía liberal.
El desbarrancadero es producto de una escisión que ha modificado la relación de los hispanoamericanos con el poder y que todavía no terminamos de articular bien. Estoy hablando de la violencia de las sociedades anónimas: iniciativas privadas que han sustituido al gobierno imponiendo su propio sistema de justicia, suprimiendo algunas libertades y autorizando otras, levantando sus métodos de recaudación, alentando el desarrollo de productos culturales –moda, música popular, narrativas orales—que refuercen su ideología mediante el mecenazgo.
La prominencia de Fernando Vallejo como escritor alfa de las nuevas tradiciones literarias hispanoamericanas está en su habilidad para estructurar narrativamente la perversión del sueño democrático y liberal que nuestros mayores literarios –Fuentes, Paz, Vargas Llosa--, supusieron que sería la panacea del desarrollo regional.
Si se me permite ser extremo y proponer una falsa equivalencia, diría que Bolaño, el otro escritor alfa de estas letras, es un autor que mira hacia atrás, que escribe desde la nostalgia del 59 –por eso le encanta al mercado estadounidense: no pone nada en crisis. Vallejo mira hacia delante y sin misericordia. Es por eso que, aunque lo premien y aplaudan, sigue siendo incómodo.


