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Ricardo Raphael

¡Que viva Zaragoza!

Maestro en Ciencias Políticas por el Instituto de Estudios Políticos de París, Francia. Maestría en Administración Pública p

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07 de mayo de 2012

Traigo incomodidad con el discurso del presidente Felipe Calderón del sábado 5 de mayo. La arenga plagada de referencias bélicas que, a propósito, confundieron pasado y presente me dejó sabor a fierro carcomido. Acaso si se tratara de otro orador o de una época distinta para el país mi malestar sería diferente.

Conforme el final del sexenio se aproxima voy sufriendo de intolerancia aguda cada vez que el jefe del Estado mexicano hace referencia a las armas, el valor, el coraje, la voluntad o el sacrificio. No puedo abstraerme de la circunstancia y suponer que la suya es una disertación anclada sólo en la veneración patriótica que, desde el siglo XIX, dotó de significado los rituales políticos mexicanos.

El belicismo podría parecer un lugar común y, sin embargo, no lo es cuando Felipe Calderón declara: “Y yo les digo hoy, compatriotas: las armas nacionales se han cubierto de gloria, y se seguirá cubriendo de gloria México, cuando nos inflame el alma, el mismo espíritu patriótico de Zaragoza y sus valientes”.

Tampoco es argumento inocuo cuando agrega: “Aprendimos que no hay enemigo, por invencible que parezca, que no podamos derrotar los mexicanos cuando nos decidimos a hacerlo… Pienso en lo que pasaba por la mente del general… si se perdía Puebla ese 5 de mayo, se perdería México y quizá, se perdería México para siempre como nación independiente”.

Cierto es que en estas frases, la retórica de Felipe Calderón no es muy distinta a la de nuestro Himno Nacional cuando éste asegura que en cada hijo hay un soldado o cuando envía a empapar en sangre los patrios pendones.

Sin duda el belicismo forma parte de nuestra identidad histórica; al menos así lo presumen prácticamente todas las piezas oratorias que, por tradición, se utilizan en ocasiones como ésta.

Y, sin embargo, el asunto no me deja de incomodar: tengo para mí que en pleno siglo XXI, la exaltación del belicismo de Estado resulta, por decirlo de alguna manera, un antibiótico poco eficaz a la hora de combatir la violencia de los poderes que lo amenazan.

Cuando Zaragoza encabezó al Ejército de Oriente en contra de los soldados de la nación adversaria, las y los habitantes de México necesitaban agruparse para enfrentar al enemigo que osaba pisar con sus plantas nuestro suelo.

No obstante este no es el caso hoy en día. No hay tropas napoleónicas a la vista que intenten manchar nuestros blasones y, por tanto, el grito de “¡guerra, guerra!” aparece un tanto sobreactuado.

La violencia que recorre nuestro territorio ha colocado como enemigos a unos y otros mexicanos. Unos se han creído que llevan un soldado dentro suyo, otros andamos sólo aterrorizados. Los primeros traen orgullo en sus armas, los segundos quisiéramos ver la pólvora muy lejos de nuestra vida.

A estas alturas es difícil encontrar orgullo o dignidad en las más de 60 mil vidas segadas que se apilan por obra de nuestra guerra contemporánea. Tanto o más difícil es recordar a Ignacio Zaragoza, y su momento más valiente, cuando se siguen apilando cadáveres en Veracruz, Chihuahua, Jalisco, Sinaloa, el Distrito Federal y el resto del país.

El general tan respetado por Felipe Calderón logró que su tropa luchara para rescatar a sus compatriotas del dominio extranjero. ¿Puede de alguna manera compararse aquel hecho con lo que ahora estamos viviendo los mexicanos?

Si se lee con atención, no hay frase explícita en el discurso presidencial que ligue a la Batalla de Puebla con la guerra que asuela nuestro territorio. Y, sin embargo, hay algo en el tono, y en quien lo expresa, que se hace chocante por la tragedia que tantas regiones y tantas familias están experimentando.

Acaso sólo por tacto —no encuentro ninguna mejor razón— el Presidente debió haberse apartado del lugar común, acaso sólo para mostrar una mejor sensibilidad el jefe del Ejecutivo debió apartar, en esta ocasión, del argumento belicista.

Pero mi deseo es más que ingenuo. De aquí hasta el último día de noviembre, los pendones y los blasones, los cañones y la pólvora, los soldados y la violencia seguirán siendo parte del léxico nacional.

 

@ricardomraphael
Analista político



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