El otro 5 de mayo

Es presidente y director general de Guerra Castellanos y Asociados, empresa lÃder en temas de comunicación estratégica.
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Más de Gabriel Guerra Castellanos
Mientras los mexicanos nos deleitábamos, aburríamos u horrorizábamos con los faustos festejos del 5 de mayo en Puebla, del otro lado del Atlántico (allá 6 de mayo por la diferencia de horarios) los perdedores de aquella batalla se ocupaban del menor asunto de elegir a su próximo presidente. Y digo menor porque después de ver la megaproducción y de escuchar los discursos me queda claro que la historia de México, qué digo México, de la humanidad, se divide en dos: antes de la gesta heroica del general Zaragoza y después.
Pero volviendo a Europa, la jornada dominical estuvo marcada por tres elecciones: las presidenciales de Francia, las parlamentarias de Grecia y unas regionales en Alemania que mantuvieron atentos a muchos que se dan cuenta del momento transformacional del viejo continente. La combinación de los efectos de la crisis económica ha hecho que los votantes se comporten de manera impredecible. En España gana la derecha, en Francia la izquierda moderada, en Grecia los radicales de derecha e izquierda… Lo único que queda claro es que no hay gobierno en funciones o partido en el poder que esté a salvo de la ira de la ciudadanía: los votos están siendo usados para botar a los que están en el poder.
La francesa es la más relevante de las recientes elecciones europeas, tanto por el tamaño relativo del país como por el hecho de que no es de los más afectados por la tormenta. Aliada de Alemania en el difícil proceso de reformas y ajustes a que se ha sometido el resto de Europa y con un presidente que con todas sus peculiaridades tenía mano firme en el timón en medio de la tempestad, Francia representaba para algunos una esperanza de continuidad, pero para muchos otros lo contrario: la urgencia de una nueva alternativa.
Hay distintas maneras de interpretar los resultados que llevarán a François Hollande al Palacio del Eliseo en lugar de Nicolas Sarkozy. La primera, la voluntad de cambio de los franceses. No es un deseo que se limite a las medidas económicas o a la alianza de política fiscal con Alemania, ya de por sí bastante. Tiene además mucho que ver con la necesidad de un presidente menos beligerante, menos activista, más “presidencial”.
El estilo de Sarkozy siempre fue aguerrido, diferente a lo que los franceses estaban acostumbrados. A muchos chocó, pero no sólo por el gusto por los lujos o las excentricidades, sino por su permanente afán de confrontar, de estirar la liga de toda discusión, de polarizar y dividir. No es casualidad, y sí en cambio es una dura sentencia, que en la primera vuelta electoral los partidos radicales hayan capturado casi la tercera parte de los votos. Sarkozy coqueteó descaradamente con la ultraderecha francesa, xenófoba, racista, intolerante. Ayer domingo recibió su paga: lo ignoraron olímpicamente y lo dejaron morir solo.
La derrota de Sarkozy deja maltrecho y dividido al movimiento conservador francés, y aquí la Sra. Le Pen y sus amigos de la extrema derecha buscarán provecho. Vienen pronto elecciones parlamentarias, y sin esforzarse demasiado el Frente Nacional puede convertirse en una de las principales fuerzas legislativas y preparar su intento de abordaje a la presidencia en cinco años. A Hollande se le juzgará no sólo por lo que haga en su mandato, sino por lo que venga después de él. No vaya a ser que en Francia esté ya incubando el huevo de la serpiente del neofascismo.
Habrá repercusiones también para Europa. Ángela Merkel y los banqueros no son los únicos preocupados de que Hollande vaya a querer gastar y endeudarse para reactivar la economía francesa y que pudiera contagiar a otros. Hay quienes ven las cosas diferente, y entre ellos me cuento: el próximo presidente francés puede ser quien ayude a moderar y centrar un poco a los halcones de la rigidez macroeconómica sin tirar por la borda lo hecho. Europa necesita orden y control en el gasto público, pero requiere de impulso para los mercados internos y creación de empleos. Lo exige no sólo la economía: sin ello no habrá paz social ni estabilidad política. Y eso aplica en otros lados, no sólo en Europa.
Internacionalista


