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Ezra Shabot

El postdebate

Licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública, Ezra Shabot Askenazi estudió en la Universidad Nacional Autónoma d

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07 de mayo de 2012

Una vez concluido el primer debate entre aspirantes a Presidencia, las baterías se centran en la explotación de los resultados del mismo. Todos los participantes cuentan con una batería de asesores y simpatizantes que se encargarán de difundir en los distintos medios por qué cada uno debe ser considerado el vencedor. Para el puntero en las encuestas, Peña Nieto, la necesidad de que el debate pase como un evento más sin trascendencia es fundamental en su estrategia. En los debates, el candidato que lleva la delantera es casi siempre el que puede perder puntos más que ganarlos, a menos que sea un orador extraordinario y con un discurso que anule los golpes provenientes de los adversarios.

No siendo este el caso de Peña, la fortaleza del priísta radica en el aparato que maneja la campaña. Desde los errores de los libros, su equipo cercano decidió tender un cerco protector a la figura del candidato de manera que esas deficiencias no fueran percibidas por la ciudadanía. Lo que enoja a muchos intelectuales y periodistas por la falta de contacto del priísta con públicos abiertos y audiencias de riesgo, es el eje de una estrategia destinada a no perder puntos innecesariamente. No se trata de ser el mejor o de convencer al “círculo rojo”, se trata de ganar y sólo eso, lo demás es secundario.

Por eso la campaña y la argumentación de Vázquez Mota y López Obrador se dirigen al incumplimiento de las acciones de gobierno de Peña. Hay que salir de la línea que golpeaba la figura del candidato, para buscar las fallas políticas, los problemas por la falta de oficio, o la historia de corrupción de Moreira y sus secuaces. Hasta ahora, el efecto de esta artillería le ha ocasionado bajas marginales a Peña, pero puede ser la llave para reactivar las campañas después del debate.

La falta de interés de Peña por debatir es producto de dos factores. El primero, su ventaja en las encuestas y en donde sólo puede perder puntaje, y el segundo, su falta de habilidad en el intercambio de golpes verbales. Las razones del priísta, aunque diferentes a las de López Obrador en 2006 cuando dijo que había un complot para acabarlo después del primer debate, al que no asistió, coinciden en un punto: los debates son riesgosos y más para los punteros, y si no hay necesidad de asistir, no hay que hacerlo.

Los dos debates organizados por el IFE son obligatorios y Peña estará ahí. De hecho, la inasistencia de López Obrador al primer debate del 2006 le ocasionó una pérdida significativa más que nada por la imagen de la silla vacía que mostraba desinterés y una soberbia que terminó por derrotarlo. A partir de hoy, el debate de ayer reforzará tendencias y reubicará intenciones de voto a partir de las percepciones que se impongan en la sociedad. Las imágenes del postdebate suelen ser más importantes que la discusión entre los candidatos, y más cuando éste se produce un domingo por la noche y compitiendo con la liguilla del futbol mexicano.

Es muy probable que para el segundo, el 10 de junio, las posiciones estén ya en su punto final y el electorado difícilmente modifique su intención de voto. De ahí la importancia de este primer postdebate, en donde la presencia de los candidatos en medios será vital para convencer a los electores de haber triunfado. Hay todavía quienes insisten en desdeñar el diálogo con la sociedad a través de su presencia mediática directa, y confían más en la cobertura noticiosa de las campañas y en los spots. Si no hay cambios en la forma de dirigirse a la sociedad, el resultado del 2 de julio parece estar cantado.

 

Analista político



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