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Rosaura Ruiz y Bruno Velázquez

Sobre el Sistema Nacional de Investigadores



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05 de mayo de 2012

El 6 de diciembre de 1983, en el marco de una crisis económica comparable en cierta medida a la que vivimos actualmente, el entonces presidente de México, Miguel de la Madrid, respondiendo a las voces e inquietudes de la comunidad científica nacional, anunció la creación del Sistema Nacional de Investigadores (SNI) y un año después éste comenzó a funcionar. A 28 años de su fundación, se ha consolidado como una institución de gran relevancia tanto para la comunidad científico-académica mexicana, como para el crecimiento de nuestro país en la producción de conocimientos y el desarrollo y profesionalización de muchas generaciones dedicadas a la investigación, la docencia y la innovación científico-tecnológica.

Se puede decir que las compensaciones salariales otorgadas por el SNI han cumplido, en cierta medida, su objetivo de minimizar la fuga de cerebros y la dispersión de los científicos mexicanos, así como motivar la superación de muchos investigadores. También, entre otras cosas, el SNI ha contribuido a elevar el nivel académico de sus integrantes al propiciar el aumento de los criterios científicos y humanísticos para definir el rigor y calidad de los trabajos; ha creado una cultura de la evaluación transformando el modo de trabajar; y también ha orientado el desarrollo de políticas de apoyo que han impactado a las nuevas generaciones de científicos.

Entonces, ¿el SNI ha conducido a la excelencia académica de la comunidad científica nacional, la ha consolidado y encaminado a su crecimiento deseado? En cierta medida sí, sin embargo aún queda mucho por mejorarse: no se ha resuelto la desigual distribución geográfica de las instituciones de investigación, de los posgrados de calidad ni de la residencia de los investigadores nacionales por estados e instituciones; no se ha trabajado para asegurar un retiro digno de sus integrantes, lo cual inhibe el cambio generacional y propicia un envejecimiento, tanto dentro del sistema como en los cuadros académicos en general; por falta de políticas con perspectiva de género hay una escasa incorporación de mujeres en el sistema (sólo 34%); falta que se promueva el trabajo transdisciplinario donde predomine la colaboración entre grupos e investigadores; se debe propiciar a la figura del profesor-investigador para estimular la calidad de la docencia, su rigor, originalidad y actualización; no se ha revertido la escasísima existencia de patentes y productos nacionales relacionados con innovaciones y con desarrollos tecnológicos, ni se ha fomentado la óptima vinculación de los investigadores con los diversos sectores productivos instalados en el país.

Cabe señalar que los problemas del SNI no corresponden al desempeño de los investigadores, sino a las erráticas políticas federales y estatales, relacionadas a la ciencia, la tecnología y la innovación. El gasto en ciencia y tecnología en México es raquítico, entre los países que conforman la OCDE México se ha ubicado, desde 2008, en los últimos lugares de inversión en estos rubros (nunca superando ni 0.4% del PIB, siendo el promedio de esta inversión en la OCDE de 2.28%).

Más allá de evaluar al SNI, cuestión pertinente y necesaria, hay que reprobar a la política nacional inadecuada que se ha mantenido desde hace décadas. El que los gobiernos federal, estatales y municipales, así como el que los organismos del sector privado no apoyen la ciencia y la tecnología mexicanas nos obliga a no cejar en el esfuerzo por promover una política nacional ex profeso, con clara visión de Estado y con compromisos de corto, mediano y largo plazo.

Directora de la Facultad de CienciasProfesor de la FFyL, UNAM



Editorial EL UNIVERSAL Matar a un periodista


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