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Maite Azuela

Lo que elegimos cuando votamos

Maestra en Políticas Públicas, Universidad de Concordia, Canadá. Fue servidora pública en el Instituto Federal Electoral (IFE

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05 de mayo de 2012

Evaluar las ofertas electorales puede ser sencillo cuando nos concentramos en los candidatos más que en los grupos políticos que los sostienen. La mayoría sólo mira. Nuestros ojos buscan en la imagen cualidades que nos transmitan si son seguros, relajados, fuertes, sensibles. Otros además escuchan. Los oídos esperan frases que denoten confianza, articulación, ecuanimidad. Algunos analizan y buscan que por lo menos exista congruencia entre la imagen y la argumentación. Los menos buscan que las propuestas empaten con las trayectorias y que los diagnósticos se sustenten con datos y con historias de éxito.

En una elección presidencial la atención se concentra generalmente en los candidatos a ocupar el Ejecutivo, mientras los aspirantes a convertirse en legisladores, gobernadores o presidentes municipales quedan de algún modo inmersos en la ola que sube o baja con la marea de los posibles presidentes. Cuando la decisión de voto se sostiene en la imagen de un candidato presidencial, la plataforma del partido político y sus aciertos o errores históricos pueden diluirse. Después de reunirme con un amplio y plural grupo de estudiantes a punto de graduarse de la licenciatura, me llamó la atención que muchos de ellos no le dieran importancia al partido que apuntala al candidato o candidata, siempre y cuando la imagen y el discurso del aspirante les resulte atractivo.

Quizá sea ésa una de las razones por las que Gabriel Quadri ha avanzado en puntaje para acercarse al 2% de preferencias, según lo muestran la mayoría de las encuestas. No cabe duda de que para Nueva Alianza resultó acertado colocar como figura a un hombre que tiene una imagen distinta a la de los políticos de siempre y que discursivamente se desenvuelve con asertividad, lanzando propuestas alternativas que su partido no menciona en ninguno de sus objetivos estatutarios.

Lo que resulta inevitable para quienes le damos importancia al instituto político que abandera un candidato, es entender el fin último que busca un partido para acomodarse estratégicamente en las estructuras de poder. No es casualidad que nuestro sistema de partidos este diseñado para conservar en la punta de la pirámide a dos, con un tercero que hace contrapeso, mientras circulan alrededor partidos minoritarios sin otra función que amalgamarse sin resistencia a las decisiones de los tres más fuertes.

Basta revisar las condiciones que obligan a las agrupaciones políticas a conseguir cuando menos el 2% de votos para conservar su registro. El porcentaje no es fácil de alcanzar. Podemos cuestionarnos la legitimidad de las coaliciones con las que la mayoría de los partidos minoritarios apuestan a no perderlo. El hecho es que aún en coalición el partido requiere que la boleta sea tachada en su propio logo aunque comparta candidato con uno mayor. Por eso vemos ahora a Enrique Peña Nieto con corbata verde pidiendo el voto, o a Andrés Manuel López Obrador acompañándose con los logos de PRD, PT y Movimiento Ciudadano.

Después de la crisis de representatividad que no podemos negar que tenemos, si atendemos los niveles de abstencionismo o de voto nulo que tuvimos en las elecciones intermedias del 2009, resultaría sencillo sugerir que se restrinja más la incorporación de nuevos partidos a la oferta política. Pero el problema no ha sido la cantidad, sino la calidad de los mismos. Mientras su registro esté condicionado a un porcentaje imposible de alcanzar sin coaliciones, será difícil que se constituyan partidos realmente novedosos y distintos a los ya existentes.

Otro efecto de la regulación es que no se hace distinción para el porcentaje del 2% que les da el registro, además de que pueden colocar fichas en escaños plurinominales. Si el partido alcanza este porcentaje mantiene sus prerrogativas y espacios. Sería interesante ver qué partidos conservarían su registro en caso de que el 2% fuera obligatorio en la votación de legisladores.

Es importante saber que cuando votamos por un candidato a la Presidencia, le damos fuerza al partido o partidos que lo abanderan y les garantizamos dinero y espacios que no tendrían con sus candidatos a otros cargos de elección. Por eso tenemos que ver más allá de lo que nos dice su imagen o de lo que escuchamos cuando debaten. Debemos atender las decisiones que han tomado sus partidos, sus alianzas, las propuestas que impulsan, y sobre todo analizar con cuidado a los candidatos que apuntalan para ser diputados o senadores. El presidente no gobierna solo, los partidos tienen un poder de influencia que debemos aquilatar cuando emitamos el voto.

@maiteazuela

Analista política y activista ciudadana



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