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Mauricio Merino

La batalla por el segundo lugar

Mauricio Merino es doctor en Ciencia Política por la Universidad Complutense de Madrid. Ha escrito y coordinado varios libros y e

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02 de mayo de 2012

Las expectativas generadas por el primer debate entre los candidatos a la presidencia son inversamente proporcionales a la creencia de que los resultados ya son inamovibles. Si algo se espera de ese intercambio es, acaso, que se produzca el milagro de modificar las tendencias congeladas en las encuestas y de producir, por fin, algún interés en las campañas electorales. El mayor riesgo es, en cambio, que los formatos rígidos y los discursos prefabricados consigan que no pase nada.

Apenas si es necesario insistir en que la primera clave del debate estará en la capacidad de Peña Nieto para sortear los ataques de sus adversarios y para evitar los errores que lo han marcado hasta ahora en sus intervenciones improvisadas. Obviamente es el candidato que tiene más que perder, pero también es quien podría sacar la mayor ventaja si consigue vencer el estereotipo en el que lo han metido sus contrincantes (y sus partidarios, por exceso de celo). De modo que si el candidato del PRI lograra mostrar alguna agilidad mental para responder los ataques y consiguiera salirse de los muros estrechos en los que se ha metido, ganaría mucho más que cualquiera de los demás. Por ahora se espera tan poco de su desempeño, que cualquier atisbo de emoción sincera y de talento genuino le contaría doble.

Para AMLO, en cambio, el desafío es mucho mayor. No sólo porque es el candidato más conocido y, en consecuencia, cuenta con menos reservas para producir alguna sorpresa que cualquiera de sus tres adversarios —cosa fundamental en un debate televisado—, sino porque se estaría jugando la mejor oportunidad disponible para arrebatarle en definitiva el segundo lugar de las preferencias a Josefina Vázquez Mota y para darle alguna credibilidad a la posibilidad de vencer al PRI en las elecciones de julio.

Pero además, porque en el debate tendrá que derrotar tanto a sus adversarios como a sí mismo, atrapado como está entre su imagen largamente construida de intransigencia política y su nueva campaña de tolerancia y afecto indiscriminados. Una disyuntiva especialmente compleja, si se añade que el público que mira un debate presidencial por televisión no es el mismo que asiste a sus mítines y que aplaude cada una de sus palabras. Y si bien el contenido importa, lo cierto es que el medio de trasmisión impondrá sus propios criterios y la actuación, los gestos, las inflexiones de la voz y hasta las miradas contarán tanto, o más, que las ideas planteadas.

Y a esas debilidades habrá que sumar, todavía, la del cálculo político que haga la candidata del PAN: si la estrategia de ésta consiste en recuperar como sea el segundo lugar que le ha venido siendo arrebatado en los últimos días desde el flanco izquierdo en lugar de disputar la plaza que hoy ocupa cómodamente el PRI —al menos en este primer encuentro—, las baterías más hostiles no estarían enderezadas contra Peña Nieto sino contra AMLO o, en el mejor de los casos, estarían distribuidas a partes iguales entre ambos. Y ya instalados en la conjetura, cabe suponer que el papel de Quadri tampoco será favorable a las posturas defendidas por Andrés Manuel.

Dado ese reparto inequitativo entre los papeles, tengo para mí que la mejor estrategia que podría elegir el retador principal del candidato a vencer sería presentarse como el líder indiscutible de la oposición: de la actual y de la que podría venir. No sólo sería más creíble por su trayectoria de vida y por sus posturas políticas ya muy bien definidas, sino porque Vázquez Mota sigue atrapada en las ataduras de la continuidad con los gobiernos panistas, con los que se ha negado a romper y, en consecuencia, le resultaría imposible situarse en el liderazgo de una oposición convincente.

He aquí, pues, lo más interesante del debate que viene: será una competencia definitiva por el segundo lugar. Y si actúa con talento, la ventaja la tiene el candidato de las izquierdas. Ya veremos, después, si todavía existen los milagros electorales.

 

Profesor investigador del CIDE



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