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Rodolfo Echeverría Ruiz

Esencialidad de Attolini

Ex presidente de la Fundación Colosio A.C. Fue diputado federal por el Partido Revolucionario Institucional (PRI) en la LVIII Leg

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27 de abril de 2012

El Colegio de Arquitectos, la Academia Mexicana de Arquitectura y el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes ofrecieron, hace dos días, en la sala Manuel M. Ponce del INBA, un homenaje al gran arquitecto mexicano Antonio Attolini, desaparecido en fecha reciente. Fui invitado a pronunciar unas palabras alusivas. Vierto a continuación una síntesis de ellas.

Escueta y rigurosa, sin adornos —retrato de su temperamento—, la arquitectura de Attolini no hace concesiones a la retórica ni a la grandilocuencia. Es “música callada”; es “soledad sonora” (San Juan de la Cruz). No hay trampas ni decoración alguna. Tampoco mentiras en su trabajo. Miramos y admiramos una arquitectura neta, inherente a un creador insobornable. Arquitectura disciplinada con ella misma.

Artesano, su trabajo supone un cambio de rumbo en la arquitectura mexicana: dice mejor que nadie lo que muchos quisieron decir. Plenitud artística, espacio y elocuencia, sí, pero no verborrea seudoarquitectural. Cada una de sus obras es la mejor. La suya es una arquitectura filosófica, no sólo estética. Su lenguaje es de una sinceridad cenital. Nada le sobra, nada le falta. Su voz no es servidumbre repetidora, sino libertad de creación. Attolini infunde nueva esencia al viejo oficio de los alarifes: lo hace volar.

En la república de nuestra arquitectura su magnitud es de calibre mayor. Desde muy joven conoce los sagrados territorios de la madurez. Precisa y afilada, su obra tiene muchos quilates. Es un arquitecto soberano, un soberano arquitecto. Riguroso, se deja llevar por la brújula de la inspiración. Hay mucho que buscar y que encontrar en él. Los críticos lo hacen y hallan en su obra —y la explican— una insólita sustancia iluminada. Obtiene de las piedras y del concreto, de las formas y de las texturas, de los volúmenes y de los colores, los tonos, los timbres y también las frases y los silencios que hasta antes de él se conocían de otra manera. Cada trazo, cada línea, cada ladrillo nos lleva a un lugar sólo alcanzado por los elegidos: su arquitectura, poética, emerge del “íntimo decoro” (López Velarde).

Trabaja con puntería. Su trazo siempre acierta en el blanco. Su talento creativo no conoce lo indeciso. Nacida de la vieja tradición, su obra, sin embargo, es innovadora flecha lanzada hacia el futuro y supone un magno viraje en la historia de la arquitectura mexicana. La elegancia en la obra del maestro no radica en el pretencioso o exhibicionista derroche de los materiales, sino en la sobriedad austera de las líneas y en la sabia administración de la luz. El maestro se asombra y enternece: me llamo barro, aunque Antonio me llame (Miguel Hernández), dirá repetidamente a lo largo de su vida en llamas. Hay un secreto en su obra: tiene “duende” (García Lorca). El poeta se pregunta: “¿Dónde está el duende?”. Y se contesta: “El duende es una rosa recién creada, un milagro que produce entusiasmos casi religiosos”. El duende “es un aire con olor a hierba machacada”.

Y el duende de Antonio Attolini se confiesa quevedianamente ante nosotros: tras siempre arder, nunca consumirme; tras tanto caminar, nunca cansarme, y tras siempre vivir, jamás morirme.

 

Consejero Político Nacional del PRI



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