El corazón del virrey
Twitter: @hdemauleon
demauleon@hotmail.com
Cuando camino de noche por avenida Juárez, invariablemente me detengo frente al único templo colonial que existe en esa avenida. Se llama Corpus Christi. Simulo mirar su fachada gris, pero lo que hago, en realidad, es aguzar el oído. Algo me dice que una de estas noches escucharé latir un corazón. Igual que en el cuento de Poe.
Corpus Christi encierra una de mis historias favoritas. Hace unos años, mientras el templo era restaurado, dos arqueólogos hallaron detrás del altar una caja de plata que poseía una fecha, 1727, y la siguiente, extraña inscripción: “Donde esté su corazón, estará su tesoro”.
El corazón del virrey de Valero, don Baltasar de Zúñiga y Guzmán, acababa de aparecer casi tres siglos después de ser inhumado en el templo.
Aquella pequeña caja de plata había desatado a principios del siglo XVIII una serie incontable de leyendas. Nadie podía explicarse por qué aquel viejo virrey, muerto en España después de gobernar la colonia por seis años, había ordenado en su testamento que le arrancaran el corazón, y lo trajeran de vuelta a México.
Don Baltasar de Zúñiga fue el primer virrey soltero de la Nueva España. Aunque al momento de desembarcar en Veracruz se aproximaba a los 60 años, las malas lenguas —el periodismo rosa de entonces— lo acusaron de haberse enamorado de una monja que hacia 1720 ingresó para siempre en el convento de Santa Isabel.
Con ese tema, el fantasioso Artemio de Valle-Arizpe escribió incluso una crónica sentimental, cuyo título lo dice todo: “Ojos, herido me habéis”.
Un relato paralelo indica que una tarde de 1718, al pasar por la actual avenida Juárez durante la procesión de Corpus, el virrey sufrió un atentado: un joven militar cayó sobre él, lo despojó de su espadín e intentó atravesarlo con una estocada.
Un alférez de guardia, y su caballerizo mayor, impidieron que el virrey fuera asesinado.
El proceso criminal que vino a continuación reveló que el militar, Nicolás José Camacho, acababa de salir del hospital de dementes de San Hipólito. Su declaración fue una retahíla de incoherencias que le valió la confinación perpetua. Guillermo Prieto escribió un cuento sobre el episodio, en el que acusó al viejo virrey de andar enamorando a la esposa de Camacho.
El relato afirma que don Baltasar de Zúñiga hizo levantar un convento en el mismo sitio en donde había salvado la vida.
Como el incidente había ocurrido durante la procesión de Corpus, el convento se dedicó, precisamente, a Corpus Christi. Pedro de Arrieta, el genial arquitecto al que debemos la suntuosa iglesia de la Profesa, fue el encargado de construirlo.
El marqués de Valero caracterizó su gobierno por el apoyo que brindó a los indios: Corpus Christi fue un convento destinado a albergar a las hijas de los caciques, que hasta entonces solo ingresaban a aquellos en calidad de criadas.
Aunque esta determinación causó revuelo en el virreinato (los jesuitas argumentaron que por su “escasa razón” las indias eran incapaces de tomar los hábitos), las primeras 18 monjas tomaron posesión del edificio en 1728.
Para entonces, hacía un año que el marqués de Valero había muerto en España. Una tarde, el coronel Pedro del Barrio tocó las puertas del convento y entregó la caja que contenía el corazón delator.
Comenzaron los chismes, los rumores, las leyendas. “Pocos mortales habrá que amen a esta ciudad de México tan desinteresada, tan puramente como yo”, escribió alguna vez Salvador Novo.
No puedo jurarlo, pero creo que eso mismo quiere decir la pequeña inscripción en latín que hay en la caja de plata.



