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Nicolás Alvarado

Primera llamada

Nicolás Alvarado es escritor y comunicador. Es autor de los libros Con M de México y La Ley de Lavoisier, así como de la obra d

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15 de abril de 2012

Aclaración inicial necesaria: no abomino de la política per se, y ni siquiera específicamente de la política mexicana. No creo que todo político sea intrínsecamente perverso y corrupto, tengo una buena idea de qué hacen los legisladores y creo que algunos trabajan bien y que su tarea es necesaria, y votar me parece, de entrada, una obligación. Cierto: he dejado atrás de manera inexorable los tiempos en que yo mismo participé en política -milité en Democracia Social, y contribuí a la campaña presidencial de Gilberto Rincón Gallardo en 2000- y veo altamente improbable volver a ellos.

Pero, con todo e ilusiones perdidas, me parece que los políticos son figuras indispensables en una sociedad y que su trabajo, como el de cualquiera -acaso más que el de cualquiera-, puede ser altamente benéfico para ésta si es desempeñado a cabalidad.

Desde que tengo derecho a votar -momento que bien puede haber precedido al del uso de razón pero qué le vamos a hacer- he sufragado en cada ocasión por un candidato presidencial. Por Cárdenas en 94, ya sólo por nostalgia de no haber tenido edad para hacerlo en 88, cuando hubiera sido verdaderamente pertinente. (Ahora pienso que quien habría merecido mi voto en esa segunda elección a la que se presentara Cárdenas es Zedillo; su absoluta falta de carisma, sin embargo, me hizo imposible prever que terminaría por convertirse en el mejor presidente que ha tenido México.) Por Rincón Gallardo en 2000. Por Calderón en 2006, un poco por sentido utilitario -no necesité mala publicidad panista para estar cierto de que una presidencia del megalómano y personalista y antidemocrático López Obrador habría entrañado un peligro para México- y otro poco por genuino respeto a su formación política. Sólo en 2000 lo hice con entusiasmo -aunque sabía que la elección se decidiría entre Fox y Labastida me parecía que un partido de izquierda democrática era indispensable en el espectro político- pero siempre con convicción: de entre las opciones de gobierno que se presentaban, me pronunciaba por la que consideraba la mejor, aun si ninguna me parecía excelente.

Ahora estoy preocupado, y es que temo no poder observar mi comportamiento habitual. He expuesto ya -aquí y en otros textos- mis razones para no votar por López Obrador: creo que el país necesita un estadista, en todo caso un administrador público, seguro no un iluminado. Pero me habitan razones igualmente poderosas para no otorgar un sufragio a Peña Nieto, cuya actuación pública lo revela vacuo y efectista, representativo de nada -o acaso de la nada- y cuyo andamiaje político e ideológico parece estar sostenido por figuras que encarnan el peor de los príismos… o cuando menos uno tan trasnochado, caudillista y lejano a las nociones de democracia y ciudadanía como el que pervive en el proyecto de AMLO. Cuando mero ambientalista, Quadri concitaba cierta simpatía en mí; me niego en redondo, sin embargo, a cometer -y la elección del verbo no es gratuita- cualquier acto que pueda dar un ápice más de poder a Elba Esther Gordillo, la dueña de su partido. Me queda Vázquez Mota, tan vacua y tan improvisada como Peña Nieto pero acaso inserta en un partido cuyas prácticas me son menos ajenas. Confieso, sin embargo, que si ya es un trago amargo la veta conservadora del PAN, es uno indigerible la absoluta torpeza de la campaña de la candidata, su distancia pasmosa con el mundo de las ideas.

¿Anular o transigir? Primera llamada. Oscuro.



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