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Élmer Mendoza

Luis Jorge Boone

Elmer Mendoza. Escritor, Culiacán, Sinaloa. Estudió Letras Hispánica (UNAM). Imparte literatura, creación literaria, programa

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12 de abril de 2012

La literatura mexicana contemporánea tiene su ritmo; caótico, personalizado y ambiguo como debe ser, y violentamente propositivo. Así se percibe en Las afueras, novela de Luis Jorge Boone, nacido en Monclova, Coahuila, en 1977, publicada pulcramente por Ediciones Era y la UNAM, en 2011, donde el espacio juega a ganador. Monclova es la ciudad más erótica del mundo, asegura el autor, porque “nomas llegas y ya te quieres venir”; pero no se engañen, el peso principal de esta novela no reside en el humor, que es breve y negro, sino en la desgracia, en el desencuentro posible de todo ser humano con su tiempo, su lugar y consigo mismo. Hay personajes hechos de dolor y aquí hay varios.

Con un discurso que entumece, Luis Jorge Boone crea un universo espacial lleno de seres que se cruzan para afectarse; cada uno de ellos teje su vida con migajas ajenas que terminan por deshacerse y volar en una racha de “viento fósil” del desierto, donde se enclavan tantos pueblos que son preguntas sin respuestas. Jóvenes y viejos saben que están en el punto donde el principio y el fin por fin se juntan, pero salvo beber, conversar y hacer el amor, no hacen nada; de niños aprendieron que la fatalidad es la dueña del mundo y así lo asumen, “no querer saber es el mejor camino para olvidar”, manifiesta el autor con autoridad poética, pero con la fuerza del maestro William Faulkner, que dejó muy claro en su discurso de aceptación del Nobel que debíamos, “crear algo del espíritu humano que no existía antes”.

James, a quien sus padres bautizaron así nomás por la costumbre de usar nombres extranjeros, es el personaje que aglutina más momentos en la novela. No comprende los eventos de su vida y lee leyendas de suspense local en la radio en un programa semanal. Textos de estupenda factura literaria y terriblemente emotivos que podrían ustedes reproducir con los permisos respectivos. Realmente son inquietantes. A lo largo del texto aparecen ciudades como Cuatro Ciénegas, Ciénegas, Monclova, Torreón, Sabinas, Castaños, Saltillo, Sacramento, donde creció Daniel Sada y muchos lugares a los que el desierto les ha borrado el nombre. “Las ciudades grandes son laberintos tramados con crueldad”, y si es desierto, según enseñó Borges, el laberinto es infinito.

Contada sin eje temporal, Las afueras se desarrolla en múltiples planos, todos profundamente terribles: “¿A dónde hay que ir para dejar de tener tanto miedo?”, “la tristeza no se cura, pero me gusta pensar que sí”. Los personajes, “está tan cómoda con la mínima parte de sí misma que ahora es”, representan seres humanos en el límite, donde la muerte se plantea como la gran redentora de una vida sin sentido y desperdiciada; desde Michelle, que termina casada con un trailero que por supuesto muere en un accidente, a Will, hermano de James que tiene el mismo fin; pasando por Sagrario, Hierro, Rebeca, Aubert, el mismo James, su madre y hasta Arthur Woodrow, un paleontólogo que alcanzó fama mundial con los descubrimientos que realizó en la zona. En el desierto las carreteras son importantes, están allí para cruzar espejismos y facilitar la vida a los viajeros, incluidos los viajes sin retorno y aclarar que: “El tiempo trascurre de forma distinta para cada persona”.

La prosa de Luis Jorge Boone es cuidada, íntima, atrevida y sumamente abierta, de tal suerte que el territorio que devela se amplía hasta nuestros propios desiertos interiores, sin dejar de lado nuestros percances en las autopistas; “uno se mueve siempre detrás de un misterio”; esa sed que no se acaba o esa explicación que nunca llega. Se nota un dominio del lenguaje en todos sus registros, y el del habla popular es realmente oportuno y ocupa el lugar preciso. Sobre todo cuando conviene crear suspenso sin impostar la personalidad de los seres que habitan la novela. Conforme trascurre la historia, se experimenta una tensión continua, un desasosiego que sólo concluye en la última página o se atempera, como un determinante “telón de fondo para nuestros temores”.

“El dolor es un país inhabitable, que está habitado”, sostiene el madrileño Luis Antonio de Villena citado por Boone. Considero que ese país está en Las afueras, una novela dramática donde todos parecen estar nadando en el mismo río, como diría Manrique, “que ‘va’ a dar a la mar/ que es el morir”. Por otra parte, esta novela es una celebración, una celebración a una escritura intensa, arriesgada y cerebral donde el autor se pinta de cuerpo entero, porque, ¿qué más puede ser él si no es escritura?



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