Primavera árabe, versión 2012
Hace pocos días nos amanecimos con la noticia de choques tribales en Libia. Cientos de muertos se producían en medio del descontrol de un gobierno de transición que tras el derrocamiento de Gaddafi no ha sido capaz de imponer su mando central. En Egipto la disputa se ubica entre las fuerzas que reemplazaron a Mubarak: el ejército y la Hermandad Musulmana, dejando sólo las sobras a los liberales que se habían levantado en la plaza Tahrir. En Túnez se revela que Qatar está metido hasta los dientes con dinero ilegal para financiar a los victoriosos islamistas.
Que el "despertar" del mundo árabe no sucedió como nos lo habían contado, eso ya es un hecho conocido y aceptado. Una primavera después, es necesario hacer un balance y quizás, apenas, comenzar a entender algunas pizcas del fenómeno social que ha conmocionado a buena parte de la región, para de pronto aprender un poco desde nuestro propio lugar en el planeta.
Algo cambia, sí, pero no necesariamente lo que se mira en la superficie. Fueron 17 países árabes y un país no árabe (Irán) los que experimentaron alguna forma de protesta o levantamiento. De ellos, hasta ahora ha habido cambio de dirigencia sólo en cuatro, más por excepción que por regla. En Egipto y en Túnez sucedió algo que no ocurrió en ninguno de los otros 16 países: las élites militares retiraron su respaldo al dictador. Esto nos dice que mientras las cúpulas de los ejércitos quieran y puedan soportar el peso de los movimientos sociales y permanezcan con los líderes, las manifestaciones no tienen por sí solas el potencial de derrocamiento pacífico que aparentaban tener. Por ello las marchas de terciopelo se pueden convertir en violencia abierta como en Libia o Siria. Pero en Libia, a diferencia de Siria, sucede otra excepción: la intervención de la OTAN, factor crucial para la caída de Gaddafi. En todos los otros países en donde los ejércitos permanecen mayoritariamente al lado de dictadores o monarcas, y donde no hay intervención internacional, las protestas terminan siendo sofocadas, o bien, se han convertido en choques violentos. Ese es, entre otros, el caso de Yemen. Por ello el dictador Saleh alcanza un acuerdo para retirarse dejando a su vicepresidente -otra excepción- y retener las estructuras del poder económico y político prácticamente intactas en manos de las élites.
Como resultado, hoy un país como Egipto se debate entre el islamismo político y el poder de aquellos militares que no reprimieron a su población en los gloriosos días de Tahrir, pero que han estado dispuestos a hacerlo cuando sienten sus privilegios tantito trastocados. Engañando al mundo entero con la finta de la democracia, la élite castrense, la misma que sostuvo al régimen de Mubarak, piensa permitir elecciones presidenciales y una nueva constitución, siempre y cuando se ofrezcan amplias salvaguardas para que mantenga el poder de facto. Por lo demás, que los islamistas moderados y radicales brinden con sus copas en la cara de los liberales.
En efecto, el fenómeno político que ya marca a una parte de la región, es el ascenso del islam político en diversas formas. Hasta hoy, principalmente su faceta moderada es la que domina países como Túnez o Egipto, pero no puede soslayarse la presencia del islamismo radical en ambos casos, y marcadamente la de Al Qaeda en países como Libia o Siria, además de su reafirmación en Yemen.
Lo que hay en común en estos últimos es la dispersión de las armas y por tanto la esestructuración del monopolio de la fuerza que las dictaduras reservaban para sí. La diferencia es que en Siria, la lucha del dictador por conservar su silla sigue y seguirá mientras tenga la capacidad interna y externa (gracias al apoyo ruso) de sostenerla.
Y claro, están los otros países de los que no hablo. En ellos, los dictadores y monarcas fueron aparentemente más inteligentes pues supieron ofrecer una mejor dosis de zanahorias a su gente, y de palos para ser repartidos cuando las zanahorias no eran apreciadas. No fueron la gran noticia hace un año. Lo son mucho menos ahora, en esta nueva primavera del 2012 en la que sólo unos pocos parecen dispuestos a relatar las crónicas del otro "despertar", el que es más prolongado y aburrido, y que no siempre tiene un final feliz.
@maurimm
Internacionalista


