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John Bailey

Otras lecciones de Colombia

Dirige el Proyecto México en la Escuela de Servicio Exterior de la Universidad de Georgetown. De 1980 a 1990 fue director del se

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24 de marzo de 2012

Colombia ofrece varias lecciones sobre cómo lidiar con el crimen y la violencia. En los debates en EU algunos apuntan al reforzamiento y modernización de los servicios policiales, militares y de inteligencia como un punto toral para el éxito. El Plan Colombia es visto positivamente. Otros señalan las horribles violaciones a los derechos humanos y para ellos el plan es visto negativamente. He enfatizado en textos anteriores un prerrequisito político: la necesidad de unidad entre los partidos políticos respecto a las políticas de combate al crimen. Si la estrategia anticrimen es utilizada como un arma política por uno u otro partido, las oportunidades de unidad entre estas facciones tienden a cero y la posibilidad de una victoria contra la violencia criminal se reduce.

En este sentido, interpreté el colapso del sistema partidista tradicional de Colombia y la elección a la presidencia de Álvaro Uribe como un candidato independiente contribuyendo al progreso. Más que gobernar como un conservador o un liberal tradicional, con las obligaciones de un partido centralizado, Uribe pudo formar una efectiva coalición en el congreso para apoyar sus políticas.

Ésta es una significativa “lección política”. Pero he aprendido cuando menos otras dos lecciones de Colombia que ayudan a explicar el progreso en la reducción de la violencia criminal. Primero, las reformas constitucionales de 1991, que promovieron la descentralización política, la elección directa de presidentes municipales y la introducción de los candidatos independientes para competir con los políticos tradicionales. Segundo, en algunos casos las asociaciones de negocios a nivel local se involucraron más en las políticas de seguridad pública porque veían la violencia criminal como un impedimento para llevar a cabo políticas de desarrollo urbano que hicieran más competitivas a sus ciudades en una economía global. En efecto, las asociaciones de negocios formaron alianzas con candidatos independientes para romover políticas anticrimen innovadoras.

Éstos son puntos clave que Eduardo Moncada, un politólogo de la Universidad de Rugters, entreteje en un libro que escribe sobre clientelismo, asociaciones de negocios y violencia criminal en América Latina. Moncada compara las experiencias recientes de Bogotá, Medellín y Cali respecto a su éxito en reducir los índices de violencia criminal. Asegura que el relativo éxito de Bogotá y Medellín se debe a la creación de una coalición reformista de líderes de negocios y políticos independientes para promover un marco de trabajo de seguridad con base en la prevención del crimen, que empodere a las comunidades urbanas marginadas. En contraste, esa coalición fracasó en enraizar en Cali, donde la política resultante fue la tradicional “mano dura” y los índices criminales permanecieron en niveles altos.

Moncada enfatiza el rol de la clientelarización para explicar los patrones de éxito o fracaso al lidiar con la violencia. La descentralización y la elección directa de alcaldes en gran parte de América Latina llevó a la fragmentación de los partidos tradicionales y la introducción de candidatos independientes para competir en elecciones locales. Ambos, los candidatos independientes y los tradicionales, necesitan apoyo de redes clientelares para ganar elecciones. Para simplificar su argumento: la diferencia es que los políticos tradicionales con acceso a redes clientelares establecidas tienden a favorecer políticas de statu quo mientras que los independientes necesitan cultivar nuevas redes y están más abiertos a políticas innovadoras. Medellín y Bogotá han tenido candidatos independientes y coaliciones, mientras que Cali no.

En países que no han experimentado la descentralización, una incursión de candidatos independientes para elecciones locales, el rol de los políticos es construir redes clientelares para ganar votos para los partidos dominantes a nivel nacional y que esto afiance sus posibilidades de acceder a cargos más altos. El efecto global de estos arreglos tradicionales es reforzar el statu quo y desmotivar la innovación.

Moncada no analiza el caso de México, así que debo extrapolar: es un interesante caso de descentralización fiscal y administrativa, pero posee un sistema partidario centralista, lo cual desmotiva las candidaturas independientes. Los políticos locales mejoran sus oportunidades de movilidad amasando votos a través de redes establecidas. Por ello un candidato ganador a nivel municipal, estatal o nacional —especialmente en una elección cerrada— tenga incentivos para recompensar a las redes clientelares existentes. En efecto, tiene poco sentido político perturbar el statu quo con políticas innovadoras.

Director del Proyecto México en la U. de Georgetown



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