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Héctor de Mauleón

El hombre que creó La Ciudad de los Palacios



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19 de marzo de 2012

Twitter: @hdemauleondemauleon@hotmail.com

En 1834, un viajero inglés recorrió las calles de la ciudad de México y tuvo la misma impresión que Bernal Díaz del Castillo había tenido tres siglos antes: sintió que estaba atravesando un sueño.

Aquel viajero inglés se llamaba Charles Latrobe. Fue él quien impuso a la capital el título que la acompaña desde entonces —y que muchos atribuyen, falsamente, a Alexander von Humboldt—: La Ciudad de los Palacios.

Después de recorrer lo que entonces se llamaba “las casas grandes”, de contemplar un puñado de edificios señoriales construidos con tezontle y cantera; de maravillarse con el atrevido alarde de los patios, los arcos, los balcones, las escalinatas de insólita belleza, Latrobe acuñó la frase en una de las cartas que conforman el libro —hoy prácticamente desconocido—, The Rambler in Mexico.

Nadie le dijo que aquellos edificios que lo habían maravillado, y que en 1834 sólo tenían alrededor de medio siglo de vida, habían sido imaginados, creados, proyectados, por un solo hombre: el arquitecto de moda a finales del siglo XVIII, el artífice que imprimió su propio sello en las casas más importantes, y creó, nada menos, lo que podría llamarse “el estilo de la ciudad”: el código arquitectónico que embelleció como nunca antes a La Ciudad de los Palacios.

Los ciudadanos comunes conocemos a Manuel Tolsá (cualquiera es capaz de señalar al menos dos de sus obras: el Palacio de Minería y la estatua ecuestre de Carlos IV), pero ignoramos, en general, todo lo relativo a Francisco de Guerrero y Torres.

Y sin embargo, los edificios creados por este arquitecto inundan las guías sobre la ciudad.

En menos de 25 años, Guerrero y Torres hizo el palacio de Iturbide, en la calle de Madero; el palacio de los condes de San Mateo de Calimaya, sede actual —en Pino Suárez— del Museo de la Ciudad de México; el suntuoso caserón de los marqueses de San Mateo de Valparaíso, en Isabel la Católica y Venustiano Carranza, y las espléndidas casas gemelas del Mayorazgo de Guerrero, que se ubican en Moneda y Correo Mayor.

Parece demasiado, pero Francisco de Guerrero y Torres tuvo tiempo de hacer también el templo de la Enseñanza, esa maravilla afiligranada de la calle de Donceles, e imaginó, de remate, la Capilla del Pocito, la que iba a volverse su obra más celebrada.

Las malas lenguas le atribuyen, para colmo, la casa de los condes de Heras Soto (República de Chile y Donceles), e incluso el regio palacete que, en la actual Madero, se hizo construir el rico minero don José de la Borda.

Qué cosa más inquietante: un arquitecto trama soluciones que durante los dos siglos siguientes llenarán de orgullo a la gente, mientras afuera pasan carrozas con mujeres descotadas y pelucas blancas.

Del hombre que construyó el “rostro visible” de la ciudad no queda, sin embargo, ni un retrato. Cierto documento del Ayuntamiento lo describe “de cuerpo regular, trigueño, ojos azules y con una cicatriz junto a la barba”. José Antonio Alzate lo definió como un hombre de “mucho tren y demás ínfulas”.

El éxito lo había convertido, pues, en un pedante. Lo cual no es extraño: solicitado por nobles, obispos, hacendados, mineros y órdenes religiosas, Guerrero y Torres debió poseer una personalidad tan soberbia y altanera como la que imprimía en sus obras.

El investigador Joaquín Bérchez asegura que este arquitecto, surgido de la generación ilustrada en la que militaron Alzate, Bartolache y Velázquez de León, entre otros, inventó una vez una máquina para apagar incendios, y formó parte del grupo de que fijó, por vez primera, la latitud y la longitud de la ciudad de México.

Guerrero y Torres había aprendido los secretos de la arquitectura en el estudio de Lorenzo Rodríguez: el hombre que arrancó el barroco de los retablos de las iglesias y lo llevó, por vez primera, a las calles. En los últimos años de su vida había conquistado el título más alto con el que un arquitecto de su tiempo podía soñar: Maestro Mayor del Palacio Real. Al poner su repertorio en las construcciones civiles más señaladas, había sintetizado los sueños, los gustos, las expectativas de un país, de una sociedad.

Charles Latrobe recorrió mucho tiempo después los edificios que él había proyectado, y se creyó inmerso en un sueño. Ese sueño sigue latiendo en las calles de la ciudad monstruosa.

México olvida a sus leyendas. Si se exceptúa a los especialistas, los expertos, los enterados, Francisco de Guerrero y Torres es mucho menos que un nombre. Al verdadero inventor de La Ciudad de los Palacios, no le hemos hecho justicia.



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