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Andrés Lajous

Ese liberalismo tan machista

Andrés Lajous es maestro en planeación urbana por el Massachusetts Institute of Technology y activista político. Actualmente e

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10 de marzo de 2012

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A muchos hombres (nos) resulta muy cómodo hacer una defensa liberal del trabajo sexual. Son dos ideas las que suelen respaldar esta comodidad que evita el dilema ético y pretende limpiar culpas. La primera implica describir el trabajo sexual como una transacción voluntaria entre dos adultos. La segunda es pensar en la legalización sólo para reducir las consecuencias negativas de los mercados negros.

La primera idea no es fácil de refutar. ¿Quién puede decir si alguien que es trabajadora sexual lo es por libre elección o por coerción? ¿Cómo saber qué es coerción y qué no? ¿El chantaje emocional de alguna pareja, la amenaza de violencia de un padrote, el estigma social en contra de quienes han sido trabajadoras sexuales, la carencia de oportunidades económicas son formas de coerción? Un liberal dirá que no podemos juzgar las decisiones de las personas, que nadie puede saber lo que “realmente” es mejor para ellas excepto cada persona por sí misma (sobre todo si paga mejor que otros trabajos). Diría que asumir que hay personas que no toman las mejores decisiones para sí mismas es una forma de paternalismo que abre la puerta a intervenciones autoritarias por parte de la sociedad y el Estado sobre el individuo.

Sin embargo, con esos mismos argumentos liberales no podemos explicar por qué buena parte de las mujeres que se dedican al trabajo sexual provienen de situaciones de pobreza, migración, o vulnerabilidad más general. Tal vez la mejor muestra de la necesidad de matizar la idea de que el trabajo sexual es una “libre elección”, es el hecho de que en cada trato hay una negociación desigual entre hombres (clientes) y mujeres (proveedoras). Por ejemplo, según una investigación sobre trabajo sexual en Michoacán y Morelos publicada en el Journal of Political Economy en 2005, 66% de las veces que no se usó condón fue por sugerencia del cliente, y las trabajadoras sexuales asumieron el riesgo de adquirir una enfermedad de transmisión sexual a cambio de un incremento de 23% al precio habitual. La necesidad suele empujar más que la voluntad.

La segunda idea tiene todavía más matices. Sin considerar las evidentes diferencias, legalizar la prostitución a veces es equiparado con legalizar las drogas. Se espera que las consecuencias negativas asociadas a la existencia de un mercado negro desaparezcan si en vez de prohibir, la autoridad decide asumir responsabilidades de regulación. En México desde principios del siglo XX hubo una fuerte discusión entre regulacionistas y abolicionistas. La discusión quedó en el castigo al proxenetismo y la trata, sin prohibir el trabajo sexual (aunque puede haber sanciones administrativas por demandas de vecinos como en el DF).

Sin embargo, en 13 estados se mantuvo la regulación, y hoy no sabemos cómo han sido distintas sus consecuencias frente a los estados donde no se regula. Lo que sí sabemos es que la regulación que existe en esos 13 estados no tiene como objetivo mejorar las condiciones del trabajo sexual, sino separar públicamente a las mujeres que se dedican al trabajo sexual de las mujeres que no, y sobre todo mantener un control sanitario para que los clientes no contraigan enfermedades venéreas.

Hasta el momento no he leído o escuchado una propuesta de regulación que cargue los problemas del lado de los clientes. Por ejemplo, que los hombres que han sido denunciados por violencia en contra de mujeres no puedan ser clientes; o que antes de hacer una oferta tengan que hacerse pruebas para garantizar que no tienen enfermedades venéreas, o que no están bajo la influencia de drogas que pueden generar violencia.

No estoy sugiriendo que ésa deba ser la regulación, sino apuntando hacia el hecho de que cuando se habla de regulación o legalización en términos liberales, se sigue haciendo desde la cómoda perspectiva de los hombres.

Incluso sospecho que antes que reconocer las relaciones desiguales de poder entre hombres y mujeres, para que puedan cambiar, prefieren en el mejor de los casos curar sus culpas y, en el peor, simplemente garantizar “la calidad de un producto”. Y sí sonarán muy liberales, pero también muy machistas.



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