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Javier Lozano

El silencio

Javier Lozano Alarcón, oriundo del estado de Puebla, ex secretario del Trabajo.

Es fundador del Instituto del Derecho de las Telecomunicaciones, consultor privado en política y telecomunicaciones; comentarista del Programa de radio Cúpula Empresarial y del periódico El Universal en la materia.

El abogado por la Escuela Libre de Derecho fue subsecretario de Comunicación Social de la Secretaría de Gobernación, presidente de la Comisión Federal de Telecomunicaciones.

Asimismo, fungió como subsecretario de Comunicaciones y Oficial Mayor de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes.





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20 de febrero de 2012

Un silencio puede significar cosas realmente positivas. El silencio en la música es parte integral de ella; pausa necesaria en ciertos compases; la culminación efectiva después de la coda final; la conclusión de una frase o de la ligatura de notas que articulan una línea melódica.

El silencio puede ser parte de una reflexión, introspección o duda en las personas. Sí. El silencio es parte fundamental de nuestras vidas. Y es bienvenido cuando es pertinente.

La disertación viene a cuento por la absurda legislación que, artificialmente, impone un silencio preelectoral a quienes hemos alcanzado ya, prácticamente, la calidad de candidatos a puestos de elección popular.

No sé siquiera si estas líneas provocarán la furia o amonestación del árbitro electoral. Ya no se sabe qué hacer, qué decir, cuándo hacerlo y frente a quién. Sus criterios son oscuros y contradictorios. Es la incertidumbre total.

Como abogado egresado de la Escuela Libre de Derecho y como maestro titular de la misma desde hace 11 años estoy convencido de que toda norma debe estar animada por un bien jurídicamente tutelado. Es decir, la llamada ratio legis ha de responder a un problema histórico concreto para darle una solución acorde al bien común y al orden social justo.

Habiendo agotado el periodo preelectoral impuesto —literalmente impuesto— hoy nos topamos con un nuevo periodo de silencio previo al periodo electoral constitucional. Tres etapas, tres, para regular, desde el artificio y la incapacidad, lo que nadie ha pedido.

Las etapas preelectorales, los procesos internos, con sus matices y métodos propios de cada partido, tienen un principio y fin. La fecha límite para precampañas (término horrible por cierto) fue el 15 de febrero. Y el día indicado para iniciar campañas propiamente dichas es el próximo (no tan próximo) 30 de marzo.

¿Qué hacer entre el 16 de febrero y el 29 de marzo? Buena pregunta. ¿Cómo subsistir frente al electorado sin pasar al olvido ni perder atributos? Buen cuestionamiento. ¿Qué ganan partidos, candidatos y ciudadanos con tal incertidumbre y contradicción? No lo sé. Creo que nadie atinará a responder.

El hecho es que hoy estamos frente a un silencio que ahoga, que asfixia. Un sigilo que no proviene de la convicción ni la prudencia. Una pausa obligada, mas no pertinente. Un compás de espera en una carrera que ya inició.

No nos engañemos. La reforma de 2007 que hoy padecemos es producto del impulso visceral, no racional. Proviene del rencor y la secuela del conflicto postelectoral del 2006.

Casi se puede uno imaginar a los diseñadores de la pieza legislativa haciendo un listado de todo aquello que le permitió al presidente Calderón y al PAN refrendar el triunfo en la elección constitucional para, en consecuencia, redactar impulsivamente todo lo contrario.

El triunfo de la sinrazón fue aplaudido y bienvenido sin reparar o configurar en lo que vendría. Hoy estamos ante un ordenamiento lesivo, contradictorio, absurdo y sin sentido.

Los mismos medios electrónicos ya no saben cómo actuar sin cometer la falta que les lleve a un severo cuestionamiento si no es que a la multa irracional. Un comentario, entrevista —no se diga un spot— puede ser motivo de excesiva sanción y pública exhibición.

Hoy no sabe uno si la promoción del voto es hablar de sus convicciones y de una personal apreciación. Aun si no se contrata un espacio en radio o televisión queda al arbitrio del nazareno electoral la última apreciación o suposición de si tal o cual entrevista o comentario fueron producto de un pacto secreto.

Nos dicen que podemos ir a reuniones, pero no organizarlas. Nos ofrecen hablar, mas no de arengar. Nos facilitan las entrevistas, pero no para promoción personal o política. Y nos hablan de movimiento, pero desde el acartonado esquema de la vigilancia inquisitorial.

Digamos las cosas por su nombre: esta legislación es un error histórico. No tiene razón de ser más allá de la fobia y desahogo coyuntural. Y es culpa de todos los partidos. De todos. No tiene un bien jurídico qué tutelar. Atenta contra la libertad de expresión y el derecho a la información. Genera confusión y simulación. Provoca todo lo que, supuestamente, pretende evitar. Produce desencuentros entre actores involucrados y desprestigia a la política y a los políticos. Es una pieza legislativa castrante.

Con todo, por supuesto que respetaremos este cúmulo de disposiciones legales. Estamos hechos para cumplir la ley. Pero ello no significa que dejemos de elevar nuestra protesta.

La democracia es, al final del día, libertad, contraste, participación, conciencia y razón. La voz y el debate son parte esencial de ella. El silencio, un intruso indeseable.

Ex secretario del Trabajo



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