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Porfirio Muñoz Ledo

Guerra fría o sucia

Ex embajador de México ante la Unión Europea. Su trayectoria política es amplia y reconocida: fue fundador y presidente del PRD...





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21 de enero de 2012

Insólita la ausencia el jueves por la noche, durante la sobria celebración del 53 aniversario de la Revolución Cubana, de funcionarios del gobierno federal —ni un oficial de protocolo—. Hubo en cambio una nutrida concurrencia del cuerpo diplomático y de personalidades mexicanas solidarias. Me tocó ser el único representante del Estado mexicano en la ceremonia, como presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara de Diputados.

Ha sido recurrente la escasa atención que presta el gobierno a los actos organizados por las embajadas, pero ahora se añade una selectividad determinada por el paladar panista de las dos últimas administraciones, inducidas por la Cancillería en el sexenio pasado y ahora sólo con su complicidad. Habida cuenta de la trascendencia de nuestras relaciones con Cuba, me parece un error de envergadura.

Al tiempo que se cacarea una apertura estratégica hacia la región Asia-Pacífico me parece también significativo el silencio de la Cancillería en el deceso del dirigente norcoreano Kim Jong-il, a pesar de que mantenemos relaciones diplomáticas regulares con ese régimen y de que nos hayamos sumado al minuto de silencio que le tributó la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Se olvidó que apenas el 14 de abril de 2008 el gobierno de los Estados Unidos Mexicanos y el gobierno de la República Democrática Popular de Corea celebraron un Convenio de Cooperación Educativa y Cultural con el propósito de “profundizar el conocimiento mutuo entre ambas partes” que incluye la participación de organizaciones no gubernamentales.

Tal incongruencia hace pensar en que la operación emprendida hacia el Pacífico (Arco Pacífico Latinoamericano) es una prolongación de estrategia norteamericana para establecer un contrapeso al poderío de la República Popular China. No otra cosa sugiere la opción arbitraria de los participantes por América Latina: México, Colombia, Perú y Chile, con exclusión de Guatemala, El Salvador, Nicaragua, Costa Rica, Panamá y el Ecuador.

No existe una Doctrina Estrada de las condolencias; esto es, que sin necesidad de pronunciarnos sobre el reconocimiento de los gobiernos les demos trato diferencial por conveniencias circunstanciales o por un juicio implícito sobre sus sistemas políticos o su comportamiento internacional. Se omite que mantenemos relaciones cordiales con otros Estados socialistas, con algunos imperialistas y hasta con un Estado teocrático: el Vaticano.

Nos obligan en política exterior, según el artículo 89 constitucional, principios fundamentales como la igualdad jurídica de los Estados, la autodeterminación de los pueblos y la solución pacífica de las controversias, independientemente de nuestros votos en los organismos multilaterales. De otro modo cometeríamos groserías diplomáticas con Estados Unidos por sus continuas agresiones a otros Estados —sin olvidar el inicio de la guerra fría con la bárbara intervención en Corea, acompañada de amenaza nuclear.

No tenemos ninguna controversia con Corea del Norte y abogamos por una convivencia pacífica y cooperativa en la península. Para ello es menester reforzar y equilibrar nuestras relaciones con los países involucrados. En esa lógica habría que contemplar el gesto del Partido del Trabajo al enviar la condolencia a un partido cercano, que sospechosamente ha sido deformada y vilipendiada en una orquestación de “líderes de opinión” de toda laya y actores políticos interesados.

Con falsas razones y desmedrados argumentos la crítica se ha hecho extensiva a los legisladores del grupo parlamentario, a la Coalición progresista y a su dirigente, Andrés Manuel López Obrador. Como sobre un clavo ardiendo montan una campaña de descrédito a partir de una condolencia cuyo tono obedece a una relación interpartidaria y cuya oportunidad vino a suplir la omisión del gobierno. Réplica frustrada de la analogía con Hugo Chávez del 2006.

Incurren en la falacia de atribuirnos un programa ficticio de gobierno fundado en “un Estado rector de la economía y la sociedad”, partidario de un “nacionalismo defensivo asociado a soberanías en desuso”. Los deturpadores, que tampoco leen, vienen a homologarse así en la corte de su candidato. A ellos los acogerá no obstante la república amorosa.

 

Diputado federal por el PT



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