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Andrés Lajous

Estela deb(v)ida

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Esa estela (...) está erigida para recordar y aprender de la catástrofe que ha hecho que utilicemos sin mayor reflexión en el lenguaje cotidiano términos como ejecutado y ejecutómetro en referencia a personas que dejan de estar vivas.
20 de enero de 2012

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Las cosas tienen significado. No sólo el significado genérico que nos permite abstraer un objeto, sino el significado que adquieren con el uso y los símbolos que le vamos colgando encima. Estoy seguro que cualquiera puede agarrar a mazazos una victoria alada como la de la Columna de la Independencia, y no se topará con muchas objeciones. Sin embargo, si alguien se sube a la columna, se amarra una bandera de Estados Unidos o de España al pecho y la agarra a mazazos, no serán pocos los que verán algo más que una estatua siendo demolida. Probablemente verán una ofensa. (Así como cuando un turista mexicano, enfiestado, apagó la flama del soldado desconocido en París, ofendiendo a más de uno; y así como el Platanito Show aprendió que hay chistes que significan más que las risas que provocan).

La “Estela de Luz” que se terminó de montar en Av. Reforma hace un par de semanas, hasta el momento no parece tener mayor significado social. Si tiene alguno, no es uno muy cercano ni a las intenciones del arquitecto ni a las de las autoridades. Si hoy alguien va y la agarra a mazazos, tal vez ofenda a las leyes, pero en el camino ofenderá a pocas personas, y probablemente será celebrado por más de una. Los únicos símbolos que se le han ido colgando hasta el momento están vinculados al opaco proceso de construcción de la obra, a los conflictos entre la constructora y el arquitecto, al retraso en su entrega y a la discreta inauguración que no logró reivindicar los motivos que la estela pretendía conmemorar. He leído varias críticas a la “Estela de Luz”, y no encuentro una reflexión sobre qué hemos de hacer los habitantes del DF (y el resto del país) con lo que ya se construyó. Ya se gastó el dinero, ya se cortó el cuarzo, se soldó el acero, ya se instalaron las luces, ya se construyeron los cimientos y ya se conectó al suministro de electricidad. Ya se inauguró. Ya se prende al atardecer. Sobre todo, y esto creo es lo más importante, ya se usa la estela como una espacio público, en el que todas las noches un buen número de personas pasa lentamente observándola o de plano se sientan en las escaleras a contemplarla en voz baja. Los coches sobre Reforma se detienen para asomarse, y los vendedores de globos y pelotas de goma van poco a poco reconociendo al público que le está dando una vida distinta al paso hacia el metro Chapultepec.

Suena a desperdicio dejar que este nuevo monumento sólo represente su propio fracaso o la corrupción que según la propia autoridad la rodea. Mejor aprovechar lo ya hecho, para darle un significado reconocible y útil. Mejor decir que esa estela con esos 104 metros de altura, con esas luces que se mueven con suavidad, y ese color blanco que cambia de tono a lo largo del día, está erigida para recordar y aprender de la catástrofe que ha hecho que utilicemos sin mayor reflexión en el lenguaje cotidiano términos como ejecutado y ejecutómetro en referencia a personas que dejan de estar vivas.

Propongo mejor decir que quienes contemplan la luz que de ella emana, piensan en las vidas que se quedaron sin la oportunidad de seguir viviendo o de ser otras; mejor decir que está ahí para recordar a cualquier tomador de decisiones, a quienes pasen de camino a Los Pinos, Palacio Nacional, el Ayuntamiento, el Senado y San Lázaro, que una política pública no puede ser considerada exitosa si es omisa o produce muertes evitables. O por el contrario, que la medida final de cualquier decisión pública tiene que considerar en algún momento cuántas y cuáles personas viven y mueren, cuándo lo hacen y en qué condiciones. Para recordar que la tal llamada “guerra contra el narcotráfico”, bajo este criterio, es lo peor que hay en política pública.

Mejor decir que cuando las luces de la estela se prenden y apagan, recordamos cómo lo peor que nos hacemos las personas, ser sangrientamente crueles unos con otros, sólo puede enfrentarse con más empatía y solidaridad. Mejor sentarse ahí a contar la historias de quienes no debieron morir, a quienes no podemos seguir debiéndoles un monumento, y cuyas vidas acortadas tienen que significar algo más que el horror o la nada.



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