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Ricardo Raphael

El regreso de los Indios Verdes

Maestro en Ciencias Políticas por el Instituto de Estudios Políticos de París, Francia. Maestría en Administración Pública p...





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26 de diciembre de 2011

Izcoatl y Ahuizotl son sus nombres originales. Según la cultura azteca uno es guerrero tigre y el otro jaguar. Superan los cuatro metros de altura y pesan más de tres toneladas. Son verdes porque el cobre con el que fueron forjados suele madurar hacia ese color. De pie, un día se plantaron frente a Carlos IV y su caballo. Para defender la identidad indígena, con orgullo fueron dispuestos sobre el cruce de la actual Avenida Juárez y el Paseo de la Reforma.

Quien los imaginó primero fue el escultor Alejandro Casarín pero fue del gobierno de Porfirio Díaz la idea de oponer, por un lado, a los Indios Verdes, y por el otro, al Caballito. La historia recuerda que la sociedad capitalina pegó de gritos. En 1891 la ciudad de México se quería francesa y no tenochtitlana, Belle Epoque y no conquistada, blanca y no morena.

Durante los primeros diez años los Indios Verdes recibieron harta descalificación; en los diarios les llamaban “ridículos muñecotes,” y “figuras antiestéticas.” Finalmente, en 1901 el Caballito volvió a quedarse solo. Las inmensas esculturas de Casarín descendieron del pedestal de mármol negro que un día les soportó, para ser arrastradas hasta el Paseo de la Viga donde permanecerían por prácticamente setenta años.

Generaciones más tarde, cuando la línea verde del metro fue terminada y su última estación andaba desprotegida, a algún urbanista —adicto a la asociación libre de las ideas— se le ocurrió sacar de la Viga a los Indios Verdes para reenviarles ahora a la esquina que hacen la calle Acueducto y Av. de los Insurgentes.

El Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred) ingeniosamente ha recuperado esta anécdota de la escultórica chilanga para hacer cruzada contra el racismo. Este fin de año tal institución lanzó una campaña que quiere ayudar a la toma de conciencia de esta tara muy antigua y tan nuestra. Entre las propuestas que trae CONAPRED se sugiere traer a los Indios Verdes de vuelta a su morada de Reforma. Cierto es que el Caballito de Tolsá ya no vive en ese mismo vecindario pero en su lugar ahora los Indios podrían oponerse a la mole equina y amarilla de Sebastián.

A quienes vivimos en este país nos cuesta mucho trabajo ser sinceros sobre nuestras carencias; y es que tenemos una imagen casi siempre distorsionada de lo que somos. Con respecto al racismo, al mismo tiempo que negamos ser discriminadores, reconocemos que el otro nos menosprecia con facilidad por el color de la piel.

No tiene desperdicio el promocional “Racismo en México" que Conapred colgó de la página You Tube: un grupo seleccionado de niños y niñas opinan sobre dos muñecos-bebé (estos sí de tamaño real), uno moreno y otro blanco. A decir de los menores, el primero despierta automática desconfianza, es feo y ninguno quisiera parecérsele. En contraste, el segundo encarna la bondad, atrae los mejores adjetivos y representa a las emociones más nobles.

Paradójicamente la mayoría de las y los niños entrevistados tienen la piel morena. Y sin embargo ninguno se atreve a mirarse en el espejo del muñeco que se le asemeja. Les es imposible reconocerse: una menor asegura que la espalda y las coyunturas de sus piernas son blancas, otro que la parte trasera de sus orejas es igualmente pálida. A su muy temprana edad saben ya que la dificultad de vivir en la sociedad mexicana escala grandemente conforme el color de la piel va tomando tonos cobrizos, (corren el riesgo de ser arrastrados hacia la periferia de la ciudad, igual y como les ocurrió a los Indios de cobre en el año de 1901).

Otro elemento de esta campaña de Conapred contra el racismo es un promocional que hasta esta semana se proyectó en las salas de cine. Ahí se retoman frases como “¡Aléjate del sol porque te vas a poner más prieta!”, “¡lástima que ésta no quiso mejorar la raza!”, o “¡pareces indio!” Expresiones, todas, demasiado comunes para poder negarlas. Se escuchan en la calle, se repiten en las escuelas, se magnifican por televisión, se usan mitad para lastimar, mitad como miserable artefacto para causar hilaridad.

El regreso de los Indios Verdes tendría que trascender el terreno de lo anecdótico. Si bien es cierto que Izcoatl y Ahuizotl todavía pueden tener un mejor destino, también lo es que la discriminación entre los mexicanos no merece un minuto más de tolerancia; ella nos envilece, nos humilla, nos daña y peor aún: nos anula desde la mirada de nuestros propios ojos.

Si 2012 quedara registrado como el año en que los Indios Verdes regresaron al Paseo de la Reforma, acaso también podría ser la fecha en que las y los mexicanos nos indignamos definitivamente contra el racismo.

Twitter: @ricardomraphael

Analista político



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