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Jean Meyer

¡Feliz Navidad!

Es un historiador mexicano de origen francés. Obtuvo la licenciatura y el grado de doctor en la Universidad de la Sorbonne.

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24 de diciembre de 2011

Alguna vez Jacques Delors, uno de los grandes y positivos constructores de una Unión Europea que nunca quiso ir tan lejos como lo quería él, dijo que “la celebración del nacimiento de Cristo debe llevarnos a redefinir el sentido que le damos a la economía”. Pues, estas palabras resultan de una actualidad tremenda para Europa y Estados Unidos, que se encuentran sumidos en una crisis financiera y bancaria muy seria, pero también para países como el nuestro que distan mucho de haber solucionado pobreza y desigualdad.

Los economistas serios nos dicen que nadie puede medir la duración, gravedad y expansión de la crisis que bien podría alcanzar a China y América Latina, puesto que la economía tiene una dimensión globalizada. En tal caso, los primeros golpeados, más duramente golpeados, son los pobres.

Lo que dijo el cristiano Jacques Delors es que Jesús nació entre los más pobres, sea en un pesebre, sea en una gruta; sus padres no encontraron quién los alojara cuando andaban viajando, quizá no como ilegales, pero sí con pocos recursos. Son muchos los textos bíblicos y evangélicos, muchos también los escritos sociales de las iglesias cristianas que nos señalan, que nos dictan, con poca eficacia ciertamente porque somos sordos, las referencias éticas para enfrentar la crisis.

La economía debería estar al servicio del hombre y no al revés; tal es el primer punto. Los pobres tienen la prioridad, deberían tenerla frente a los privilegiados, entre los cuales me cuento. Los profetas y los evangelios condenan la injusta y exagerada desigualdad. Éstas son las dos columnas de una economía ideal que considera como legítima, porque es productiva, la propiedad privada, siempre y cuando beneficie también a los necesitados. El concilio de Vaticano II recordó la eterna “opción preferencial por los pobres”, el combate por la justicia y la dignidad, los viejos conceptos de solidaridad y bien común, tan ajenos a las teorías económicas en boga. ¡Ah! Se me olvidaba el famoso principio de subsidiaridad que, bien aplicado, podría adelgazar nuestras obesas burocracias: “hacer confianza y dejar hacer a los que se encuentran más cerca del problema para resolver con ellos los problemas”.

Los padres de la Iglesia, como los profetas, hablan con toda claridad: Cuando le das a un pobre, lo único que haces es devolverle lo que le pertenece en derecho, porque resulta que lo que estaba destinado al uso de todos, te lo atribuiste a ti solo. Palabras de Ambrosio, prefecto romano antes de ser obispo de Milán y padrino de bautismo de San Agustín. ¿Y Francisco de Asís, hijo de banquero y empresario, y Charles de Foucauld, casi nuestro contemporáneo, fundador de las Hermanitas y de los Hermanitos de los Pobres?

Cuando se habla de la “eminente dignidad de los pobres” no se trata de hacer una apología de la miseria y del subdesarrollo, sino de la solidaridad y de la justicia social. No se trata de condenar la economía de mercado, sino de recordar, como lo hizo el economista Adam Smith, injustamente considerado como el teórico del capitalismo liberal a ultranza, que tal economía no puede funcionar bien sino en sociedades fundadas sobre valores morales: el respeto a los otros y cierta medida, cierta “sobriedad” (dice el gran Solzhenitsyn) en el uso de los recursos naturales, del dinero y de los productos materiales.

El cristiano no condena la ganancia que puede pertenecer a la justicia, condena la ganancia injusta o exagerada que, según Agustín y Tomás de Aquino, es equiparable al asalto en camino real. ¡Qué dirían de las remuneraciones de las primas y bonos que se sirven los dirigentes de las compañías! Y nuestros políticos. Por lo tanto es indispensable cierta regulación por parte del Estado y de las organizaciones no gubernamentales como los (verdaderos) sindicatos y las asociaciones de ciudadanos y consumidores.

Los cristianos deben recordar, más allá del folclor y de la explotación comercial que la fiesta de Navidad nos presenta, valores que debemos tomar en serio y hacer fructificar. Eso vale para todos, cristianos y no cristianos, creyentes y no creyentes. Fiesta del nacimiento de Jesús sobre la paja de un pesebre, entre el burro y el buey, Navidad es para todos la fiesta del nacimiento, de la novedad, del misterio de la fragilidad de la vida humana y de la esperanza.

Los privilegiados, entre los cuales se encuentra el de la pluma, bueno de la computadora, reciben en este día de fiesta un recordatorio imperativo: les toca, nos toca comportarnos como ciudadanos vigilantes, no sólo a la hora del voto, sino todos los días, trabajando al nivel local, del municipio y del barrio, de nuestro lugar de trabajo, aceptando un nivel voluntarioso de impuestos para una solidaridad activa y un nivel de consumo más austero.

Perdón, queridos lectores, por el sermoncito y ¡feliz Navidad!

 

jean.meyer@cide.edu

Profesor e investigador del CIDE



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