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Historias de reportero | Carlos Loret de Mola

La presidencia de López Obrador

Nació en Mérida, Yucatán, México. Es Licenciado en Economía por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) Es conductor del i ...

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Miércoles 22 de abril de 2015

Entre sus más cercanos colaboradores empiezan a aceptarlo. Lo dicen en voz baja porque saben que si él se entera, los expulsa del partido. “Está obsesionado con la Presidencia”. Hablan de Andrés Manuel López Obrador, fundador y dueño del partido Movimiento de Regeneración Nacional, Morena.

Dos de sus más allegados me confían que ya no tiene el vigor de antes. Y que repite una y otra vez: “Si llego o si me dejan llegar” a Los Pinos.

Vaya paradoja. Obsesionado, sin fuerzas e inseguro, justo en el momento en que cada vez más analistas consideran que los astros de la política se alinean a su favor.

El argumento es el siguiente: el desgaste del gobierno priísta por los escándalos de corrupción contrasta con el discurso lopezobradorista de honradez, la incapacidad de PAN y PRD de diferenciarse del PRI deja a Morena como partido más genuino de oposición, el hartazgo social que clama por un cambio radical encuentra cobijo solamente con el tabasqueño.

En síntesis, todo favorece a López Obrador para el 2018.

Me parece que no es desdeñable el generoso servicio que están brindando sin quererlo todas las fuerzas políticas al lopezobradorismo y son ciertos todos los argumentos de quienes postulan que el gran ganador de la crisis nacional es Morena.

Sin embargo, me parece que estos análisis desdeñan un factor fundamental: el gran enemigo de López Obrador es él mismo. Y si alguien es capaz de descarrilar su camino hacia Los Pinos es él mismo. Está probado. Ha sucedido dos veces.

En 2006, tuvo más que nunca La Silla en el bolsillo. La pregunta no era si ganaría la elección, sino dónde despacharía (¿Los Pinos o Palacio Nacional?), quiénes integrarían su gabinete, cuáles sus políticas públicas. Sin embargo, cometió tantos errores, dejó exhibir a tal grado su intolerancia y autoritarismo, se vio tan sorprendido por la campaña de sus rivales, que terminó por perder su ventaja. Aun dando por bueno su argumento de fraude electoral en ese final de fotografía (0.56% fue la diferencia oficial a favor del panista), es responsable de perder en unos meses de campaña los quince puntos porcentuales con los que arrancó.

En 2012 arrancó de abajo pero con un poderoso motor: la creciente oposición al regreso del PRI, representado en la figura del candidato que iba de puntero, Enrique Peña Nieto. Surgió el movimiento #YoSoy132, se destapó la inconformidad por la vuelta de los dinosaurios, se desinfló la campaña de la panista Josefina Vázquez Mota… y López Obrador no supo cómo capitalizar todo eso para llegar a Los Pinos. Perdió la elección.

Viene 2018. En este momento, de nuevo, los astros vuelven a lucir alineados para el tabasqueño. Pero Andrés Manuel López Obrador, quizá el político mexicano más relevante de lo que va del milenio, ha dejado en el camino muchos enemigos que trabajarán a tope para hacerle frente. Además está él mismo. Y sus cercanos lo ven obsesionado, sin fuerzas e inseguro.

historiasreportero@gmail.com



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