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Política Zoom | Ricardo Raphael

¡Ingenuos o cómplices, que se vayan!

Periodista, académico y escritor. Profesor afiliado a la División de Administración Pública y Coordinador de la maestría en periodismo en ...

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Lunes 20 de abril de 2015

Un testigo acudió a desmentir la versión oficial. No fue fuego cruzado entre grupos de civiles, la Policía Federal disparó contra la población el martes 6 de enero porque recibió la instrucción de eliminar a las personas que habían tomado la presidencia municipal de Apatzingán.

El periódico Reforma publicó ese testimonio el domingo siguiente y fue entonces cuando el ex comisionado federal de la Seguridad en Michoacán, Alfredo Castillo Cervantes, decidió visitar los medios para propagar una fabricación infame.

Este hombre de confianza del presidente Enrique Peña Nieto se hizo acompañar por un fiscal que lo auxilió a la hora de presentar con gráficos y fotografías su mentirosa versión de los hechos.

Irritado cada vez que se le interrumpió, el entonces comisionado utilizó esquemas arbitrarios que querían explicar la trayectoria de las balas, describir la geografía de los hechos y la disposición de los cuerpos ensangrentados.

La exposición de lo que en el argot ministerial se llama la mecánica criminal despertó muchas dudas, y es que Castillo respondió a cada interrogante con una mezcla de imprecisión, arrogancia e impaciencia.

Eso sí, insistió de forma machacona con que aquel día en Apatzingán “todas las personas fallecidas pudieron haber sido ultimadas por sus compañeros … (producto) del fuego cruzado”.

De la investigación realizada por la periodista Laura Castellanos se infiere que durante aquellas reuniones con los medios, Castillo Cervantes le hizo propaganda a una mentira. Entregó una narración confeccionada solo para engañar.

Gracias a la voz de más de 50 testigos —vecinos, víctimas, sobrevivientes, personal médico— queda hoy al descubierto que tanto el Ejército mexicano como la Policía Federal acudieron la madrugada del Día de Reyes con la instrucción de ejecutar a los integrantes de las autodefensas (la gran mayoría muchachos con menos de 20 años) que habían sido despedidos por el propio Castillo —un mes antes, sin indemnización ni paga— y que por ello se habían plantado frente a la presidencia municipal de Apatzingán.

Los testimonios son espeluznantes, comprueban que el Estado mexicano no solo asesina de manera aislada en Tlatlaya o en Iguala. Confirman que también la Policía Federal y el Ejército tienen por modo frecuente de operación ejecutar de manera extrajudicial a quienes son considerados como enemigos por sus mandos superiores.

Los audios, las fotografías y los videos de lo ocurrido aquel día de enero en Apatzingán son material que obliga a voltear la mirada hacia otro lado, cargada de vergüenza por vivirse en México durante estos tiempos.

La actuación de Alfredo Castillo añade su propio capítulo a la historia universal de la infamia. No cabe suponer que el ex comisionado desconociera la realidad sobre la masacre de civiles en Apatzingán. Él la falsificó y defraudó deliberadamente ante la autoridad y la opinión pública.

Resulta difícil asumir que sus superiores —el comisionado nacional de seguridad, Monte Alejandro Rubido; el secretario Miguel Ángel Osorio Chong o el entonces procurador Jesús Murillo Karam— hayan sido víctimas de su trampa.

Con la información disponible cabe calificar a esos tres funcionarios de ingenuos o bien de cómplices. Ambos calificativos igual de graves. Obtener la paz entre mexicanos no es tarea que deba dejarse a unos o a los otros.

En cualquiera de las hipótesis deben presentar su renuncia.

ZOOM: No fue el Estado. No fueron los policías federales. No fueron los mandos militares. La masacre de Apatzingán es otro hecho aislado sin relevancia nacional. Otro ejemplo más de nuestra peligrosa negación.

www.ricardoraphael.com
@ricardomraphael



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