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Bucareli | Jacobo Zabludovsky

La luz es como el agua (I)

Periodista y licenciado en Derecho por la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México. Inició sus actividades period ...

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Lunes 20 de abril de 2015

No fueron muchos años después; ni uno se había cumplido de la muerte de Gabriel García Márquez cuando me habló Sealtiel Alatriste, de “Creadores Universitarios”, de Televisa, para hacer un programa de primer aniversario el viernes pasado.

Difícil tarea resumir en unos minutos los recuerdos de las pláticas que mantuvimos durante décadas. Algunas vagan por periódicos y revistas, por ecos de la radio o imágenes de Google o YouTube, viejos trabajos vueltos a publicar de vez en cuando.

Abro al azar mi libro ¡En el aire!, (Editorial Novaro, septiembre de 1973) y copio

—Gabriel, ¿eres católico?

—No.

—¿Qué eres?

—Nada. Lástima porque siempre ayuda mucho ser algo.

—¿Has fumado mariguana?

—Sí, he fumado mariguana, pero nunca he escrito con mariguana, ni creo que sirva para nada; es decir, la dejaría como dejo el cigarrillo.

—He oído que muchos escritores escriben una sinopsis de su novela y la dejan dos o tres meses y la vuelven a leer y si en ese tiempo les gusta, continúan.

—Yo creo que no es tan mecánico como eso. Es un poco lo mismo, lo que quiere decir eso es que si uno escribe una cosa debe dejar pasar un cierto tiempo para revisarla y corregirla, porque cuando uno acaba de escribir una cosa la quiere mucho y entonces le dolería mucho romperla, pero si deja pasar un cierto tiempo, ya la quiere menos y si hay que romperla la rompe sin mucho dolor.

—¿Tú nunca has quedado con la tentación de que esos cuentos esbozados puedan perderse?

—Bueno, hay una cosa que me preocupa todos los días: que me muera y no los escriba. Tú sabes que para mí sería ideal no tener que escribir los cuentos, sino dejarlos, es decir ya existen. Este cuento de la señora que quería conocer al Papa ya existe, ¿no?, ya existe, así es que no debe uno preocuparse más.

—¿Está inédito?

—No, no está escrito. Lo único que existe de ese cuento es: cuento de la señora que va a conocer al Papa.

—¿Y como ese hay sesenta?

—Puedo tener cien cuando termine la novela y entonces sentarme a escribir esos cuentos así como para distraerme un rato, es muy agradable, escribir un cuento es muy agradable.

—¿Es difícil escribir cuentos?

—Es mucho más difícil escribir cuentos que escribir novelas porque el problema siempre es empezar. Una novela se empieza una vez y un libro de 16 cuentos hay que empezarlo 16 veces.

—Decía Horacio Quiroga que un cuento es una novela depurada de ripios.

—No. Yo le tengo una gran admiración a Quiroga, es uno de los grandes cuentistas que han existido, pero creo que ha estado equivocado, son dos trabajos completamente distintos: escribir cuentos es como vaciar en concreto y escribir novelas es como pegar ladrillos. Son dos procedimientos distintos. El cuento lo vacías de una vez y si te falla te falló y ya no hay nada que hacer, hay que vaciarlo otra vez.

—¿Tú empleas ese sistema?

—No, no, no; para la novela se te ocurre una imagen original y le vas agregando cosas y la vas armando; el cuento se te ocurre en una fracción de segundo o no se te ocurre jamás.

—¿Pero te gusta armar la novela con un principio y un final?

—Es que la novela no se puede hacer de otro modo. Yo de Cien años de soledad lo único que tuve fue un viejo que llevaba a sus hijos a conocer el hielo. Tú tienes una novela original, alrededor de ella vas construyendo, pero el cuento se te ocurre en una fracción de segundo o no se te ocurre. Una noche en Barcelona se fue la luz y era sábado, no se por qué siempre se funden los tapones en sábado, afortunadamente en España es menos problemático porque conocemos un lampista que así llaman allá y entonces llamamos al lampista. Teníamos visita y además creo que había mexicanos, porque siempre había mexicanos, cosa que me alegra mucho; era tarde, no venía, al fin llego el lampista y empezó a arreglar ya muy tarde, las diez y once y le dije yo: ¿pero cómo es esto de la luz, por qué se dañó aquí? y me dijo: “La luz es como el agua”. En ese momento se me ocurrió uno de los sesenta cuentos, creo que el más hermoso de todos. Él me dijo “la luz es como el agua”. La luz es como el agua y yo no le pregunte nada más, me quedé pensando y en ese momento se me ocurrió el cuento completito, completito, completito y es: dos niños, uno de siete años y otro de seis que viven, por ejemplo, en la ciudad de México, donde no hay mar, y le dicen a su papá: “Queremos que nos regales un bote de remos”, y dice el papá: “Bueno, les regalamos un bote de remos, perfecto, pero para cuando vayamos a Acapulco, o cuando vayamos…”. “No, es que queremos un bote de remos aquí, en Insurgentes 415, piso 15.” “Están locos. En primera que no cabe y además para qué lo compramos…” “No, no, no, es que queremos el bote de remos”.

(Continuará)



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