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Atando cabos | Denise Maerker

Los que votan por los tramposos

Realizó sus estudios profesionales en Ciencias Económicas y Sociales en la Universidad Católica de Lovaina, Bélgica, la Maestría en Cienci ...

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Martes 14 de abril de 2015

Son muchos los mexicanos que le dicen a los encuestadores que van a votar por el Partido Verde, hasta 10% de los electores potenciales en algunas mediciones. Igual que los 7 mil 500 que reeligieron en San Blas a Hilario Ramírez, el que se hace llamar el amigo Layín, y que lo mismo regala dinero en sus mítines, que se hace una fiesta de cumpleaños de 15 millones de pesos, mientras su tesorera está inhabilitada por desvío de recursos y no hay camiones que recojan la basura en su municipio.

¿Por qué hay tantos mexicanos dispuestos a apoyar a funcionarios corruptos o a partidos canallas? (Jorge Alcocer dixit)

¿Por qué no disminuye la intención de voto por el Verde cuando día a día se conocen las multas que le impone el árbitro por su sistemática violación a las leyes electorales? ¿Por qué no afectó al PAN en Sonora la confirmación de que el gobernador Padrés se robó durante años el agua de la gente? ¿Por qué el PRI puede volver a postular en el municipio de Tecámac a un candidato, Aarón Urbina Bedoya, que se ha enriquecido descaradamente gobernando y controlando ese municipio desde hace 18 años?

La imagen de todos ellos sí se ha visto afectada por las multas y denuncias, pero no su capacidad para seguir en el juego de las elecciones, el dinero y el poder. Contrariamente a lo que cabría esperar, ganar elecciones no pasa por la buena o mala reputación de candidatos y partidos. Y esa es la tragedia.

Las elecciones son una cuestión de número. Y el Verde y todos los partidos han descubierto que el camino a la victoria, fuera de algunos casos excepcionales cuando grandes temas dominan una elección, sólo depende de su capacidad para intercambiar bienes por votos en un contexto donde millones de mexicanos están en condición de pobreza o mantienen de manera muy precaria su inclusión en la sociedad del trabajo y el consumo. Los votos son muy baratos y los partidos políticos tienen mucho dinero.

La respetada ex consejera electoral Jacqueline Peschard se opone a que se le solicite al INE, como lo están haciendo varios partidos y muchos ciudadanos, que le quite el registro al Verde. Porque dice: “Son los electores quienes deben determinar si una corriente política tiene o no el respaldo de la ciudadanía, esto es, si sus postulados doctrinarios y programáticos logran cierta implantación en la sociedad y si su conducta o trayectoria merece o no el aval de los votantes”. Suena bien. El Verde perdería el registro porque ningún mexicano avalaría con su voto a un partido que con una estrategia ilegal sabotea deliberadamente el juego democrático.

Pero esto es lo mismo que imaginar, que una vez que se hacen públicas las pobres remuneraciones y las pésimas condiciones de trabajo que se les ofrecen a los jornaleros en San Quintín ya no habrá ninguna familia de guerrerenses o oaxaqueños que esté dispuesta a hacer el viaje para piscar fresas. No es una cuestión de información, sino de necesidad.

Los partidos, y no sólo el Verde, conocen el camino: repartir puestos, camisetas, tarjetas de descuento, dinero, despensas, láminas y organizar convivios y fiestas.

En estos días una mujer me platicó que el mejor presidente municipal que habían tenido en su comunidad fue el que les regaló mil pesos a todos los estudiantes que acababan secundaria.

—¿Por eso dices que ha sido el mejor? —le pregunté sorprendida.

—Los demás no les han dado nada a los muchachos.

Lo único que puede evitar el triunfo del cinismo es que las instituciones sean capaces de aplicar la ley y de castigar a los tramposos con suficiente severidad como para inhibir esos comportamientos. Ya nos demostraron que sobreviven sin problemas a la mala reputación, pero perder el dinero y el poder, eso no lo soportarían.



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