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Política Zoom | Ricardo Raphael

¿Por qué no entiende el Presidente?

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Lunes 09 de febrero de 2015

El 1 de junio de 2014 Enrique Peña Nieto visitó la ciudad de Tampico sin visitarla. Lo acompañaron varios secretarios en un acto solemne para celebrar el Día de la Marina. Sin embargo la ceremonia sucedió lejos de tierra firme, sobre un buque, el Papaloapan, estacionado frente al puerto.

Habitantes de los alrededores acudieron en número grande para manifestarse contra la falta de resultados del gobierno en materia de seguridad. Enojó mucho que el Presidente pusiera mar de por medio con los gobernados.

Llegó en helicóptero y en esa misma nave partió sin hacer siquiera contacto visual con la población agraviada. Cabe suponer que el Estado Mayor consideró riesgoso exponer al jefe del Estado en una geografía sometida al yugo violento de los criminales.

Es probable que sea también este el argumento por el que Peña Nieto no ha visitado Iguala o Ayotzinapa. Y sin embargo, tal y como en junio pasado sucedió con las escolleras abigarradas de individuos inconformes, hoy también se resiente pésima la distancia presidencial para con el sufrimiento de las poblaciones agredidas.

Su ausencia física se ha vuelto sinónimo de la ausencia del Estado.

Si hay regiones tan peligrosas que ni siquiera el gobernante puede pisar, ¿qué esperanza le queda al ciudadano de a pie?

En México se ha venido levantando una muralla inmensa que volvió difícil el entendimiento entre los que viven dentro y quienes permanecen fuera del castillo. Hace tiempo que el Presidente sólo se entera de lo que ocurre lejos de su fortaleza gracias a lo que le cuentan sus allegados. Toda información la obtiene mediada por un tercero y casi nada por la observación directa de los hechos.

Está secuestrado por la obsesión hacia los escenarios cómodos y previsibles, por las precauciones excesivas, por la desconfianza que la gran mayoría le merece, por el reducido club de sus interlocutores, y más recientemente, por la ofuscación que le causa la incomprensión de tantos mexicanos.

En estos días de fractura social gravísima se echa de menos un político mejor dispuesto para el diálogo. Uno con piel más gruesa a la hora de tolerar el vocerío y obtener a cambio elementos que sirvan para la comprensión directa de la realidad.

¿Cómo va a entender si sólo mira la costa a través de unos binoculares? ¿Cómo, si en cualquier circunstancia necesita intérpretes sesgados por sus intereses individuales?

El Presidente no entiende porque la información con que cuenta es chatarra.

El decálogo que ofreció como solución, dos meses después de la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa, no dejó a nadie satisfecho. Tampoco sirvió de mucho el mensaje de año nuevo, igualmente cargado de propuestas incubadas en la asepsia de una torre de marfil. Peor resultó el encargo hecho a un empleado leal para que investigara los conflictos de interés que tan liado lo traen a él y a su secretario de Hacienda.

Del otro lado hay también una población que replica el síntoma del mal entendimiento. Como pocas veces, en México los puentes de la comunicación están rotos. Para cada parte, recordando a Jean Paul Sartre, el infierno son los otros. Cada quien se asume como solución y mira al de enfrente como un problema irresoluble. Y en la mar que separa a unos y otros predomina la desconfianza.

Lo que el Presidente no ha entendido es que necesita aproximar su escucha a la fuente de los problemas. Sus soluciones diseñadas desde el escritorio están muy lejos: llegó la hora para que escuche en vez de hablar, para que abra la conversación en vez de lanzar discursos tras las rejas de palacio.

ZOOM: ¿Cuántos secuestros más, cuántas fosas y osamentas, cuántos huérfanos y viudas, cuántas víctimas se necesitan para que Enrique Peña Nieto decida visitar Iguala y el resto de la región norte de Guerrero?

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