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Bucareli | Jacobo Zabludovsky

Un siglo de Paz

Periodista y licenciado en Derecho por la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México. Inició sus actividades period ...

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Otras obras suyas, prolífico maestro de todos los géneros: poemas, exámenes de la realidad nacional e internacional, ensayos sobre lo mexicano, definiciones personales ante los grandes y complejos problemas sociales del siglo XX, se discutían en las aulas

Lunes 08 de diciembre de 2014

No quiero pasar sin un recuerdo personal el centenario del nacimiento de Octavio Paz.

Entre los más de 400 Bucarelis he publicado cuatro o cinco acerca de sus ensayos, opiniones políticas, pensamientos sobre el mexicano y citas de episodios históricos, trabajos que parecen concebidos esta mañana frente a los periódicos del día. Mientras el tiempo pasa su obra se agranda, mantiene la frescura de una inteligencia asombrosa por su claridad y la riqueza de los temas.

En 1984, en la Feria de Francfort, pronunció un discurso por el cual su efigie de cartón fue quemada en Paseo de la Reforma, frente a la embajada de Estados Unidos, con gritos como: “Reagan rapaz, tu amigo es Octavio Paz”. El escritor José Luis Martínez S. nos recuerda cómo fue aquel episodio, uno de los más dolorosos en la vida del Premio Nobel.

“Eran días de furor por la revolución sandinista y Paz cometió el sacrilegio de criticarla. La izquierda mexicana, siempre tan vehemente, no se lo perdonó. En las páginas de periódicos y revistas le dieron hasta con la cubeta, lo llamaron fascista, traidor, vendido al imperialismo y a Televisa. En la Cámara de Diputados, honorables legisladores se desgarraron las vestiduras y arrojaron sobre él maldiciones eternas”.

Martínez S. compartía el furor de los enemigos de Paz: “…Como tantos otros, no había leído el discurso ni lo había escuchado en el programa 24 horas, conducido por Jacobo Zabludovsky, pero estaba convencido de su perfidia, sobre todo si así lo decían los hombres más lúcidos y progresistas del país, muchos de ellos ahora predicadores frecuentes en la llamada pantalla chica”.

En un momento intenso y breve como tal vez ningún otro en su existencia Paz reabre la herida: “Yo estaba en Tokio, pero a los pocos días me llegaron los recortes de los diarios, la condenación en mi contra fue casi unánime. Las autoridades llegaron a suspender una lectura de mis poemas en el festival de San Miguel de Allende. Muchos intelectuales y literatos se desgañitaron en los diarios mientras otros callaban y todo por un discurso que no habían leído y en el que me atreví a pedir que se celebrasen elecciones en Nicaragua. Un grupo pequeñísimo se atrevió a defenderme de cara a la gritería: Alberto Ruy Sánchez, Gabriel Zaid, Salvador Elizondo, Juan García Ponce, Enrique Krauze, José de la Colina, Ramón Xirau, José Luis Cuevas, Tulio Demicheli. También, en una de sus caricaturas, Abel Quezada. Y un escritor argentino radicado en México, Antonio Marimón. Como usted ve, se cuenta con los dedos a mis defensores. Aquellas llamas se convirtieron pronto en humo y el humo ahogó a los alharaquientos. Ninguno entre ellos se ha atrevido a confesar su participación en esa pequeña ignominia. Eran gentes sin cara, literalmente una masa. Sentí sobre todo asombro: aquel acto era absurdo, asombro y vergüenza: ¡lo que yo había dicho era que Nicaragua necesitaba elecciones! Dediqué al asunto dos páginas de las veinte de mi discurso”.

Lo conocí en persona en Nueva Delhi en 1962 cuando Octavio Paz abrió la puerta, no había motivo para la sorpresa. Me esperaba y a él iba a buscar, pero la emoción se hizo silencio antes de contestar su saludo y la invitación a entrar. Era el autor de El Laberinto de la Soledad, libro de cabecera de los universitarios de la época, tema de conversaciones y polémicas. Otras obras suyas, prolífico maestro de todos los géneros: poemas, exámenes de la realidad nacional e internacional, ensayos sobre lo mexicano, definiciones personales ante los grandes y complejos problemas sociales del siglo XX, se discutían en las aulas. Era la figura más sólida de la inteligencia mexicana. José Pagés Llergo lo había descrito con sencillez mitológica: “el que ocupa el trono de Zeus”. Octavio Paz llegó como embajador de México a la India en vísperas de una visita del presidente Adolfo López Mateos. Por alguna razón, la residencia diplomática no estaba disponible y se había instalado en el Hotel Ashoka. El embajador recibió al periodista y comenzaba lo que durante las décadas siguientes habría de ser una relación constante y respetuosa hasta el día de su muerte.

Octavio Paz se quejó muchos años después del ninguneo que siguió a la quema del monigote: “Quisieron borrarme de la Biblioteca de Guadalajara que lleva mi nombre, pero la oportuna y generosa intervención de Fernando del Paso se lo impidió. Podría dar más ejemplos, ¿para qué? En la vida hay de todo, como en botica”.

Su actitud ante los desafíos conforme a una filosofía propia y muy suya, es también, como su obra escrita, fuente de inspiración y de conducta a seguir.

Él mismo lo dijo: “Mi apuesta verdadera está en mis poemas, en mis libros”.



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