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Bucareli | Jacobo Zabludovsky

La fiesta de las balas

Periodista y licenciado en Derecho por la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México. Inició sus actividades period ...

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Las autoridades en todos sus niveles, federal, estatal y municipal, están a prueba. Su conducta será juzgada por la historia. La agresión a esos adolescentes pobres es una injuria contra los mexicanos

Lunes 20 de octubre de 2014

Entre la realidad real y la realidad ficticia el destino de 43 muchachos de Ayotzinapa no encuentra donde ubicarse.

En la infinita historia de la criminalidad en nuestro país no se registra un secuestro colectivo tan numeroso, prolongado y confuso en su finalidad como el que desde hace casi un mes conmueve a México y gran parte del mundo. Lejos de disminuir, la indignación crece con el paso del tiempo. La tristeza de familias pobres de Guerrero ha contagiado a una sociedad que parecía haber padecido todo y sufre ahora un nuevo tipo de dolor: la sensación de una pérdida familiar, cercana, íntima. En los hechos no hay un antecedente digno de señalarse como similar, ni siquiera con alguna de las características del crimen.

Busco en la realidad ficticia, en la imaginación de los escritores, en la fantasía de novelistas y de quienes cuentan cuentos; busco algún punto de contacto entre el producto de la imaginación y el delito de Iguala. La sangre fría de los asesinos, su crueldad ante el dolor ajeno y su indiferencia frente a lo numeroso de sus víctimas hacen difícil localizar un episodio comparable en la bibliografía mexicana.

En la obra de Martín Luis Guzmán, hoy un poco demodé sin que por ello pierda su grandeza, hay varias narraciones magníficas. Menciono dos: “La muerte de David Berlanga” y “La fiesta de las balas”, de “El águila y la serpiente”, aunque alguna se repite en “Memorias de Pancho Villa”, y escojo la segunda como raíz, así sea remota, del drama guerrerense, haciendo notar que no pertenece del todo a la ficción pues el acto esencial ocurrió en verdad.

Ardua labor la de sintetizar un texto perfecto, al que no le falta ni le sobra una coma. En fin. Pancho Villa tomó 500 prisioneros y resolvió un escarmiento con 300 de ellos. Rodolfo Fierro fue encargado de ejecutarlos. Observó el corral donde estaban, midió con sus pasos cercas y distancias. Su asistente agregó una pistola más a las dos del jefe y centenares de balas. Fierro ordenó soltaran a los prisioneros de 10 en 10, avisados de que si libraban la ultima cerca mientras Fierro les disparaba, conservarían la existencia. Loca carrera en que uno a uno brincaba como cabra antes de caer. Dos horas duró la fiesta. “…el último que quedaba con vida, logró llegar hasta la barda misma y salvarla… pardeaba la tarde… allá lejos fue cobrando precisión un punto móvil, un cuerpo que corría… un soldado disparó… la detonación se perdió en el viento del crepúsculo. El punto siguió su carrera”.

“Fierro no se había movido de su sitio. Rendido el brazo, largo tiempo lo tuvo suelto hacia el suelo. Luego notó que le dolía el índice y levantó la mano hasta los ojos; en la semioscuridad comprobó que el dedo se le había hinchado ligeramente; se lo oprimió con blandura entre los dedos y la palma de la otra mano. Y así se mantuvo: largamente entregado todo él a la dulzura de un masaje moroso. Por fin, se inclinó para recoger del suelo el sarape, del cual se había desembarazado desde los preliminares de la ejecución. Se lo echó sobre los hombros y caminó para acogerse al socaire del cobertizo. A los pocos pasos se detuvo y dijo al asistente: —Así que acabes tráete los caballos. Y siguió andando.”

De esa clase de seres deben haber sido quienes desaparecieron a los estudiantes de la normal rural. Macabra coincidencia, también uno se les fue vivo aunque herido de muerte.

Rodolfo Fierro pagó parte de sus culpas al morir ahogado en la laguna de Nuevo Casas Grandes, Chihuahua. Uno se pregunta si será la suerte o la mala suerte, como en el caso del general villista, o la ley y la justicia las que se encarguen del castigo a los culpables de lo ocurrido a los estudiantes de Ayotzinapa. Sería un fracaso de todos nuestros esquemas de vida en común que fuera el azar y no el derecho el encargado de castigarlos.

Las autoridades en todos sus niveles, federal, estatal y municipal, están a prueba. Su conducta será juzgada por la historia. La magnitud inusitada del delito es proporcional a los aciertos o errores de la investigación y el castigo legal de los culpables.

La agresión a esos adolescentes pobres es una injuria contra todos los mexicanos.

Es indispensable que los protagonistas de este episodio no se pierdan viendo árboles en vez de bosque. Las veleidades de la política, con minúscula, la de componendas de ocasión con grupos de pescadores en río revuelto, no deben alejarlos de la Política, del griego polis, arte del gobierno de los Estados, ciencia que requiere de todas las ciencias para ponerlas al servicio y en beneficio de los demás.

Nunca como ahora una actitud puede ser definitoria de todo un régimen.



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