aviso-oportuno.com.mx

Suscríbase por internet o llame al 5237-0800




Detrás de la Noticia | Ricardo Rocha

Guerrero: la rabia que crece

Ricardo Rocha ha sido redactor, reportero, corresponsal de guerra, productor y conductor de programas.

En 1977 cubrió por dos meses la ...

Más de Ricardo Rocha



COLUMNAS ANTERIORES


Ver todas sus columnas
Y como no aprendemos las lecciones históricas: seguiremos haciendo cambios sobre las ruinas de un México día a día más peligrosamente disparejo

Miércoles 15 de octubre de 2014

Iguala.—En Guerrero puede producirse un baño de sangre de grandes proporciones. Todavía mayor al de los 43 de Ayotzinapa. Esto es apenas el principio de una furia colectiva que nadie podrá detener. Por ahora, supongamos lo que serán los próximos días con la llegada a Chilpancingo de belicosos contingentes de la CNTE de Oaxaca, Michoacán y todo el estado; sumándose a los miles de indignados que este lunes quemaron el Palacio de Gobierno, el Congreso y el Ayuntamiento en la capital guerrerense. Y tan sólo por un momento, imaginemos la ira multitudinaria que se desatará cuando se sepa que los calcinados de las fosas sí son ellos.

Peor aún, si se confirma lo que aquí he podido indagar sobre la pregunta que todos nos hemos hecho: ¿por qué? ¿Por qué una matanza de estas proporciones? ¿Por qué desollar, sacar los ojos, matar, calcinar y sepultar a 43 jóvenes? ¿Por qué? Pues muy probablemente porque así lo ordenó una mujer llamada María de los Ángeles Pineda, hermana de un jefe narco y esposa de José Luis Abarca, presidente municipal de Iguala, pareja de horca y cuchillo y de una corrupción infinita que los llevó a construirse Plaza Tamarindos, un gran centro comercial en sociedad con su padrino político Lázaro Mazón, secretario de Salud de Guerrero y precandidato de Morena al gobierno del estado. Resulta que la patética pareja presidencial tenía como prioridad perpetuarse en el poder, para lo cual ella sería la sucesora. Por casualidad o causalidad, la noche del 26 coincidió su primer acto de campaña —su informe del DIF y luego un baile— con la presencia de un centenar de normalistas de Ayotzinapa que —en camiones secuestrados— realizaban un “boteo” o colecta en Iguala. He recogido aquí la versión de que la señora presidenta, tuvo un arrebato de cólera cuando uno de sus esbirros le planteó la posibilidad de que los de Ayotzinapa le sabotearan de algún modo su fiesta. Así que ordenó sacarlos de Iguala a cualquier costo. Ello explica que cuando los vehículos policiales bloquearan los camiones —que ya iban de regreso a Chilpancingo— y los estudiantes bajaran a pedir explicaciones fueran recibidos con ráfagas de armas largas. Muchos son perseguidos. Algunos logran escapar o esconderse. Otros quedan heridos en calles y plazas. Al menos 43 son levantados en patrullas y camionetas y llevados con rumbo desconocido. Después de los hallazgos en las fosas, podemos afirmar que están muertos.

Ahora hay un debate absurdo sobre las consecuencias políticas de esta atrocidad, incluida la salida del gobernador Aguirre. Y en el juego ridículo de las culpas mutuas, todos olvidan que apenas en 2013 el prófugo Abarca ejecutó a sangre fría al luchador social Arturo Hernández, un crimen documentado y denunciado y sin castigo porque nadie hizo nada. Y porque en este país 97 de cada cien crímenes quedan impunes.

Y como no aprendemos las lecciones históricas: seguiremos haciendo cambios sobre las ruinas de un México día a día más peligrosamente disparejo; donde cada vez menos tienen más y cada vez más tienen menos; y más injusto, en el que desde el poder político y del dinero se menosprecia la vida de 43 jóvenes normalistas de una escuela rural. Así que nadie se sorprenda de lo que está por venir.

Periodista.
ddn@hotmail.com



PUBLICIDAD