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En tercera persona | Héctor de Mauleón

La entrevista a Peña Nieto y el desprecio a la cultura

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Lunes 25 de agosto de 2014

El director del Fondo de Cultura Económica (FCE) decidió celebrar los 80 años de la legendaria editorial que dirige, mediante la transmisión de un programa de 90 minutos en el que el presidente Enrique Peña Nieto no habló de la fundación del Fondo de Cultura Económica, ni de los libros que a lo largo de ocho décadas ha publicado el Fondo de Cultura Económica, ni de los autores que a lo largo de ese tiempo ha dado a conocer el Fondo de Cultura Económica, ni tampoco de los temas que la editorial ha traído a la cultura mexicana desde que publicó, en 1935, su primer libro (El dólar plata, traducido por Salvador Novo).

No, el Presidente fue al aniversario del Fondo de Cultura Económica a hablar de las reformas estructurales que su gobierno ha emprendido. Seis señalados periodistas preguntaban, y el presidente contestaba, o hacía que contestaba. Las redes sociales hirvieron desde el primer instante: se cuestionó duramente la calidad de las preguntas y la calidad de las respuestas. En mi opinión, quedó de lado la cuestión de fondo: el desprecio tradicional por la cultura, el espectáculo de ver actuar al director del Fondo no como director del Fondo, sino como comunicador social de la Presidencia.

Los aniversarios son oportunidades que nos proporciona el calendario para que nos repensemos. Los aniversarios sirven para comunicar tradiciones: ayudan a entender procesos.

Me gusta pensar que el FCE nació, no el 3 de septiembre de 1934, según se lee en los libros de historia, sino un poco antes, la tarde en que en el filósofo español más influyente de su tiempo, José Ortega y Gasset, demostró su desdén infinito por la cultura latinoamericana y una ceguera absoluta sobre el tiempo que estaba viviendo.

En México se acababa de abrir la carrera de Economía. Terminaba el “maximato”. No había en el país los libros de economía más básicos: los pocos que circulaban estaban escritos en inglés, y los estudiantes mexicanos no conocían otra lengua que la suya.

Daniel Cosío Villegas concibió la idea de viajar a España para proponer a los editores de Espasa y Calpe que editaran libros de economía traducidos por mexicanos. Las ganancias se quedarían en la península, pero los estudiantes nacionales podrían tener acceso a algunos títulos. Ortega y Gasset, asesor de Espasa, declaró que el día en que los latinoamericanos tuvieran algo que ver en la actividad editorial de España, la cultura española “se volvería una cena de negros”.

Cosío regresó con la idea de formar una pequeña editorial que pusiera la literatura económica al alcance de los estudiantes. Tras reunir el donativo de algunos amigos burócratas, propuso al estado mexicano la creación de un fideicomiso. “Aseguramos una completa independencia, pues ni el gobierno ni los particulares podían decirnos doy dinero si ustedes hacen tal o cual cosa”, declaró.

En tres años, sólo pudo publicar 16 títulos. Esos libros bastaron, sin embargo, para que el FCE empezara a convertirse en un fenómeno inédito en la historia cultural de América Latina.

Como sucede en las novelas, en 1937 llegó a México el exilio español, del que formaban parte editores, traductores, correctores de estilo. Aquello fue una verdadera cena de negros que habría hecho vomitar a Ortega (y como dice el chiste, también a Gasset). El FCE amplió su vocación económica, se asomó a la literatura y al pensamiento humanista contemporáneo, ensanchó su catálogo editorial, abrió nuevas colecciones que pronto se volvieron legendarias y adquirió un papel protagónico en el surgimiento de la industria editorial latinoamericana. Antonio Caso, Alfonso Reyes, Silvio Zavala, Agustín Millares, Pedro Henríquez Ureña, José Gaos, Joaquín Diez-Canedo, son sólo algunas de las firmas que ayudaron a consolidar su prestigio.

Pero la política suele estorbar los proyectos editoriales. Cosío dejó la dirección del FCE, dice el historiador Víctor Erwin Nova, en parte por su carácter difícil y autoritario; en parte por un artículo, La crisis de México, que molestó al presidente Alemán (el artículo decía que la Revolución había sido capturada por arribistas sin ideología).

En su lugar quedó el argentino Arnaldo Orfila, quien a lo largo de 17 años no sólo prosiguió la obra de Cosío sino hizo de la editorial, para decirlo en pocas palabras, la casa de la cultura mexicana y una sede del pensamiento universal. Gracias a Orfila el Fondo dejó de ser una editorial para académicos y universitarios y se volvió una editorial para lectores, con proyección nacional e iberoamericana.

Orfila fue despedido por tres razones: por el escándalo que desató la publicación del libro Los hijos de Sánchez, acusado de denigrar a México; por la simpatía que él le demostraba a la revolución cubana “y a todo lo relacionado con el tercer mundo”, y porque al presidente Díaz Ordaz no le gustó que un personaje con ese perfil tuviera la visibilidad que Orfila había adquirido. Intervino la editorial y dejó como director a un personaje afín: Salvador Azuela. Se conoce de sobra la lucha emprendida por los editores que han dirigido el Fondo. Muchos nos preguntamos por su futuro en estos tiempos de crisis del libro. El FCE es, sin embargo, todos los libros que en este país hemos leído: de Juan Rulfo a Octavio Paz, de Elena Garro a José Emilio Pacheco, de Carlos Fuentes a Sor Juana, de Juan José Arreola a Rodolfo Usigli, de Bertrand Rusel a Roger Chartier, de Marc Bloch a Claude Levi Strauss…

¿Es tan difícil recordarlo?



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