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Itinerario Político | Ricardo Alemán

Represión

Nació en la ciudad de México en 1955 e inició en 1980 su carrera profesional como reportero del diario "A.M." de León Guanajuato. Ha trabaj ...

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Martes 24 de septiembre de 2013

Han pasado 45 años del 2 de octubre de 1968 y los activistas de entonces hoy son mujeres y hombres de más de 60. A pesar del tiempo la masacre estudiantil a manos de policías y militares del gobierno de Díaz Ordaz sigue viva en la conciencia colectiva.

Sin embargo —y contra los que ven el ejercicio memorioso como recuerdo de lo que no puede volver a ocurrir en México—, un puñado de activistas financiados por los brazos radicales de la Morena lopista —definidos como anarquistas— usan la memoria del 2 de octubre y el sambenito de “la represión brutal” como banderas para el vandalismo, la impunidad y el chantaje político.

Mas —como dice Luis González de Alba en La Calle de Milenio— los “anarcos” y sus patrocinadores “se mueren de ganas” por tener su propio 2 de octubre o 10 de junio. Y no lo han conseguido a pesar de que hacen todo por un muerto; aunque sea un muerto del lado de los policías, a los que por poco matan en cada una de sus escaramuzas.

Bueno, la desesperación de los anarquistas es tal que tampoco el viernes 13 de septiembre —bautizado como “el halconazo 2013”— probaron la supuesta “represión brutal” del gobierno de Peña Nieto; “represión” con la que intentan justificar no sólo un discurso trasnochado, un supuesto anarquismo rancio y apestoso, sino que la ideología de las mafias como la CNTE es el vandalismo. ¿Pero qué pasó el viernes 13?

Todos lo saben, la autoridad desalojó el Zócalo de manera impecable y no existió una sola denuncia de “represión” contra la CNTE o los anarquistas. Por eso la pregunta: ¿cuántos de esos vándalos a sueldo, que sirven a “los morenos” de AMLO, saben siquiera el significado de la “represión”?

Por eso, será una feliz casualidad la próxima exhibición comercial de la película El paciente interno —ópera prima de Alejandro Solar Luna—, que reconstruye no sólo la represión ejercida por el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, sino de la destrucción física, emocional y social de Carlos Castañeda de la Fuente, joven ciudadano mexicano que hace 45 años vivió la matanza del 2 de octubre de 1968 y que meses después —el 5 de febrero de 1970— intentó matar al entonces presidente Díaz Ordaz.

¿Cuántos anarquistas, radicales, vándalos y ciudadanos de a pie saben hoy que hace 43 años un joven solitario atentó contra el entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz en las inmediaciones del Monumento a la Revolución?

No saben porque la historia la conocen muy pocos. ¿Y por qué no se conoce? Porque la primera acción de un gobierno represor —que calla a palos a los ciudadanos, que los mata en las calles, los detiene, tortura y desaparece–— es callar a los medios de comunicación —prensa, radio y televisión—, para que la represión no sea conocida. Curiosamente, el desalojo de la CNTE del viernes 13 se trasmitió en vivo, a todo el país y al mundo, por televisión, radio, redes sociales y por la red. ¡Curiosa represión!

Carlos Castañeda tenía poco más de 20 años cuanto atentó a tiros contra Díaz Ordaz. Se supone que era un fanático religioso y tirador único. ¿Por qué no se sabe más?

Porque otra de las características de los gobiernos represores —como el de Díaz Ordaz— es desaparecer expedientes de los ciudadanos reprimidos. Los matan en vida. Dicho de otro modo, que un ciudadano víctima de un gobierno represor nunca va al MP y menos se les somete a proceso penal o va a prisión. No, la fuerza repesora lo aplasta de manera ilegal, lo tortura, desaparece, asesina o lo manda a un siquiátrico, donde rompen físicamente al reprimido, lo destruyen emocional, moral y socialmente, como es el caso de Carlos Castañeda.

Y claro, no existe un solo expediente o archivo oficial del atentado de Carlos Castañeda contra Díaz Ordaz. ¿Y entonces?

Poca cosa, que Carlos Castañeda sigue, que hay testigos vivos y mudos de la forma en que el gobierno federal construyó un pabellón especial para él en un siquiátrico, en donde pasó cinco años en soledad absoluta, sometido a medicamentos que, junto con el aislamiento, lo destruyeron a lo largo de tres mil días y sus noches. Lo acompañaban una pelota de goma y un libro de salmos. Luego del encierro absoluto, pasó 19 años en el pabellón de enfermos peligrosos del mismo siquiátrico. ¡Esa es represión!

A los vándalos de la claque lopista les dan trato preferencial y abogados pagados por la UACM, mientras la ALDF derogó el artículo 362 del código penal para darles impunidad.

El hallazgo de la historia del ciudadano que intentó matar a Díaz Ordaz se debe a la abogada Norma Ibáñez, luego al trabajo periodístico de Gustavo Castillo, de La Jornada, y al final al cineasta Alejandro Solar Luna.

Represión que avergüenza y de la que no se castiga a nadie. Al tiempo.



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