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Economía Informal | Macario Schettino

Federalismo fiscal

Macario Schettino se dedica al análisis de la realidad, en particular la de México, desde una perspectiva multidisciplinaria: social, políti ...

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En los países que son federales de verdad las entidades recaudan una proporción significativa del total, entre 20 y 30%. En México esto no pasa

Martes 24 de septiembre de 2013

Hace dos semanas, el 10 y 12 de septiembre, comentamos con usted la reforma fiscal en lo relativo al Impuesto sobre la Renta (ISR), y le decíamos que a esta columna le parece bien esa reforma, porque simplifica (elimina IETU, IDE y más de cien artículos), cierra huecos (consolidación, impuesto al capital, regímenes especiales), y por recauda de forma progresiva, como debe hacerlo el ISR.

La semana pasada, el 17 y 19 de septiembre, le decíamos aquí que la propuesta en IVA parece bastante inadecuada, porque no se generaliza (que es lo normal en los impuestos al consumo), porque algunos regímenes especiales que desaparece no son buena idea (educación, que normalmente no se grava, o renta, que pega más en familias con ingresos bajos), y porque eso de querer hacer progresivos todos los impuestos, en especial el del gasto, es mala idea.

En esta semana quisiera comentar con usted otras dos partes de la reforma fiscal. Hoy, cómo cambia el trato con las entidades federativas y municipios, y el jueves, la nueva ley de hidrocarburos, así como el cambio en derechos e impuestos especiales.

En materia de federalismo fiscal, hemos insistido aquí que en México las cosas se hacen muy mal. En los países que son federales de verdad las entidades recaudan una proporción significativa del total, entre 20 y 30%. En México esto no pasa. Hay muchas razones para ello, pero la principal es que México jamás ha sido en verdad una federación. Tomamos ese nombre desde el siglo XIX, pero era pura mentira. Los dos gobiernos estables del siglo XIX, el de Juárez y el de Díaz, fueron profundamente centralistas, y su control sobre los estados dependía de arreglos políticos con jefes locales, que a su vez controlaban toda la región. La Revolución no resolvió esto, y cuando Cárdenas construye el régimen, centraliza en el presidente aún más poder que el que Juárez o Díaz llegaron a tener.

Esto termina con el fin del régimen, en 1997, y de inmediato los estados empiezan a pedir más recursos, y los obtienen. Ya se había iniciado un proceso de descentralización en 1992-93, con el fin de regularizar un poco el presupuesto federal, que ponía a los estados en problemas financieros, por lo que en la crisis de 1995 fueron los primeros deudores rescatados por el gobierno federal. En el rejuego legislativo para transformar Fobaproa en IPAB, Ernesto Zedillo aceptó legalizar el flujo a las entidades federativas, terminando con la discrecionalidad. Y desde entonces los gobiernos estatales han incrementado significativamente sus ingresos, a costa del gobierno federal. En los últimos años, de cada peso que se gasta en el gobierno, 45 centavos los gastan gobiernos federales, 30 las paraestatales (Pemex, CFE, IMSS e ISSSTE), y 25 el gobierno federal. Pero aún así no les alcanza, y se han endeudado de manera importante.

Hay dos soluciones a este problema, y ambas dependen de abandonar la ficción. Podemos convertir a México en un país realmente federal, o podemos reconocer que somos un país unitario (central). Lo primero implicaría reducir los flujos a los gobernadores y forzarlos a que ellos se financien, y lo mismo con los municipios. Sin embargo, la evidencia de los últimos 20 años (15 de los cuales corresponden al único período más o menos largo con estados “soberanos”) indica que esto va a ser una tragedia. Los gobernadores jamás han aceptado cobrar ellos aunque sea un poco de impuesto, a pesar de que llevamos años con esa facultad disponible. Varios de ellos han dejado al estado en bancarrota, más de los que usted imagina. Peor aún, en estos 20 años que llevan administrando el gasto en educación y salud los resultados son terribles: cada estado ha negociado prestaciones diferentes con el magisterio, pero todos han ampliado pagos que desde el principio no podían financiar, de forma que ahora están peor. En salud, no sólo hay faltante de medicinas, sino en muchos casos ocurre que hospitales enteros jamás existieron.

Así que la propuesta del gobierno es reconocer que somos un país centralista, y por lo tanto le quitan a los gobiernos estatales el gasto en educación y salud, que debe representar cerca del 90% del gasto de las entidades (salvo en el DF, que tiene otra historia). A cambio, les dan la facultad de negociar con sus municipios la recaudación conjunta de predial, a ver si con eso ya cobramos ese impuesto.

Así que al fracaso de los gobernadores en materia de seguridad pública, ahora hay que sumar que no serán responsables de educación ni de salud, y si la propuesta que acaba de presentar ayer el PAN en materia política fructifica, tampoco tendrán las elecciones. Si es así, los gobiernos estatales serán poco más que administradores de un 10% del gasto público total en el estado, lo que debería traducirse en gobiernos mucho más pequeños, con sueldos y prestaciones correspondientes a sus mínimas obligaciones. Pasaríamos de tener señores feudales o virreyes, como les suelen decir, a tener encargados de despacho.

No he visto que haya mucha discusión en este tema, a pesar de lo que esto significa. En el fondo, estamos reconociendo un gran fracaso del federalismo, lo que debería dar paso a que de una vez modificáramos la Constitución para reconocer nuestro carácter central y con ello pudiéramos establecer un cuerpo de seguridad pública en todo el territorio, como los carabineros chilenos o italianos, o la guardia civil española. Ése sería un gran paso en el restablecimiento del orden en el país.

Ahora que si en verdad hay federalistas que insistan en que México debe seguir por ese camino, entonces deben oponerse a estas reformas, a que el PAN propuso, e incluso a la forma en que se enfrenta la criminalidad. Junto con ello, deberían decirnos cómo es que podemos hacer realidad ese acuerdo institucional que defienden. Claro, sin apelar al milagro de tener gobernadores honestos y capaces. Los hay y los ha habido, pero no es para ellos que se hacen las reglas, sino para todos los demás, que han demostrado en dos décadas que México no es una República Federal, ni nada que se acerque.



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