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Economía Informal | Macario Schettino

Entender al mercado

Macario Schettino se dedica al análisis de la realidad, en particular la de México, desde una perspectiva multidisciplinaria: social, políti ...

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Jueves 27 de junio de 2013

Si vendemos cosas que nadie quiere, no hay forma de que tengamos ingresos altos. Si queremos vender, hay que saber qué es lo que quieren comprar los clientes. Sin importar mucho nuestra opinión al respecto.

Nos cuesta mucho trabajo entender esto. Nos parece que tenemos un valor superior al que el mercado nos reconoce. Creemos que nuestras pinturas son muy valiosas porque dedicamos meses a hacerlas; creemos que escribimos mejor que Carlos Fuentes; creemos que deberíamos tener el mismo éxito que Bill Gates o Steve Jobs, pero es que nadie nos entiende. Bueno, si quiere usted que le vaya bien, lo primero que hay que hacer es oír más el mercado y menos a los cuentos de hadas.

Antes de seguir hablando del mercado, permítame hacer una aclaración muy importante. En México, el mercado ha tenido pocas oportunidades de funcionar, y no en todo tipo de bienes y servicios. Por ejemplo, en México no importa si la gasolina es buena o mala, ni si es cara o barata, el mercado no tiene nada que ver en su precio y dotación. Es un producto vendido por un solo productor, que le pone el precio que quiere. Todos nosotros la compramos, porque no tenemos remedio. Y la única intervención que tiene el mercado en este producto son los distribuidores, que le compran a Pemex y le venden a usted. Y que tienen un negocio asegurado que sólo depende de la localización de su gasolinera. Por eso la autorización de la misma vale tanto: hay una renta de por medio. Puesto que todos pagamos el mismo precio por la gasolina, quien esté localizado en donde pasan muchos autos va a ganar mucho más que quien tenga su gasolinera en donde nadie pasa. El lugar vale mucho, y quien autoriza ese lugar lo sabe, e intentará quedarse con parte de esa renta. Sea el personaje de Pemex que autoriza las gasolineras, o el alcalde que autoriza el lugar, o quien sea.

Eso no es mercado, es precisamente lo que ocurre cuando no hay mercado. Cuando no existe la posibilidad de que compradores y vendedores compitan por los bienes y servicios, hay una cantidad de dinero que alguien se puede apropiar limitando la cantidad de bienes y servicios disponibles. Ese dinero se llama renta, porque no resulta de la producción, sino de una intervención externa.

Durante la mayor parte de la historia de la humanidad, la fuente de riqueza más importante para las personas ha sido la apropiación de las rentas. De hecho, el nombre viene del pago que se debía hacer al propietario de un terreno por sembrar en él. Como usted recuerda, la riqueza se generaba mayoritariamente en la tierra, así que ser dueño de ella permitía ganar dinero sin trabajar. Claro que para poder ser dueño había que defender la tierra, de forma que parte de la renta se iba en pagar a los golpeadores que la defendían (más recientemente llamados soldados / policías / guaruras o como guste).

La gran transformación del último medio milenio ha sido precisamente la generación de riqueza de otras fuentes, lo que ha permitido ir reduciendo las rentas. Pero este proceso no ha sido igual ni en todas las actividades ni en todas partes. Por ejemplo, quien lograba controlar el acceso a ciertos lugares podía quedarse con una renta por ello, y así se hicieron grandes fortunas con los ferrocarriles. O si alguien era el único productor de algún bien, lo mismo, como ocurrió con los petroleros al inicio del siglo XX. Estos dos ejemplos son de esos personajes llamados “Robber Barons” en Estados Unidos, los Barones bandidos, porque hicieron su riqueza gracias a su poder monopólico. Como siempre, hay parte de verdad y parte de mito en ello, pero es indudable que existen muchas actividades que pueden convertirse muy rápidamente en monopolios si no hay un control externo.

En el caso de México, la existencia del mercado ha sido, le decía, algo muy ocasional. Los primeros intentos por liberar al mercado fueron las Reformas Borbónicas, a mediados del siglo XVIII, cuando todavía éramos Nueva España. En parte por ello las guerras de Independencia años después, porque quienes cosechaban rentas estaban amenazados por el Rey que se las quería quitar. Mejor independientes que pobres, deben haber dicho, y que nos independizan. El segundo intento fue la República de los Liberales (Juárez, Díaz, y demás), pero también acabaron derrotados por la fuerza de las armas, en eso que llamamos Revolución, que fue nuevamente un intento de limitar al mercado, poniéndolo bajo control del gobierno.

Durante el siglo XX, el poder político en México asignaba las rentas. Si usted quería hacer algún negocio grande, tenía que hacerlo en sociedad con los poderosos políticos. A eso se le llama “crony capitalism” o capitalismo de compinches, porque finge ser capitalismo, pero no lo es. Aunque puede haber producción moderna, el mecanismo económico no es el mercado, sino la asignación de espacios de renta: los empresarios del azúcar (Plutarco Elías Calles, Aarón Sáenz, etc.), los empresarios de los medios (Miguel Alemán, Azcárraga, O’Farrill, etc.), los empresarios de lo que usted guste, siempre eran políticos, socios de políticos, o simples prestanombres.

Pero el discurso legitimador de ese grupo de políticos poderosos era que el capitalismo era dañino, de forma que lo que teníamos era algo mejor: economía mixta, le decían. No mentían, era mejor para ellos, y efectivamente no era capitalismo. Pero conforme el resto del mundo fue saliendo de esas formas (barones bandidos, capitalismo de compinches, etc.) nos quedamos atrás. Por eso hay muchos que añoran la época de la Segunda Guerra Mundial, y unos pocos años después, porque México parecía compararse bien con el resto del mundo, que apenas se estaba desembarazando de los rentistas. Después, nosotros seguimos trabajando para ellos, mientras que el mundo se liberaba, y nos quedamos atrás, muy atrás.

El “empobrecimiento” de México a partir de 1965 no fue tal. De lo que se trató fue de una cada vez más amplia diferencia entre nuestro modelo de rentistas y el mercado en funcionamiento en otras partes del mundo. Por eso hay que entender al mercado, pero para eso hay que acabar con los rentistas.



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