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Historias de reportero | Carlos Loret de Mola

CCH, #132, 1D, UACM: son los mismos

Nació en Mérida, Yucatán, México. Es Licenciado en Economía por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) Es conductor del ...

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Jueves 21 de febrero de 2013

Escena 1. “No somos zapatistas, no somos 132, somos auténticos socialistas”, era la consigna que repetía el grupo de jóvenes que con violencia tomaba las instalaciones del Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) de Naucalpan el pasado 5 de febrero. Traían la cabeza cubierta. Rompieron vidrios, rociaron gasolina, quemaron mobiliario en oficinas en las que había maestros y lanzaron petardos.

Escena 2. Al día siguiente, la marcha que había sido convocada para conmemorar que hace trece años entró la Policía Federal Preventiva a Ciudad Universitaria, terminó con la irrupción violenta en las instalaciones de la Dirección General del CCH. Con sillas, mesas y tubos, destrozaron vidrios y dos cámaras de seguridad, nuevamente con el rostro cubierto.

Escena 3. El 1 de diciembre, un grupo de jóvenes encapuchados que protestaba por la toma de posesión de Peña Nieto causó destrozos en comercios de avenida Juárez, atacó a la policía capitalina y vandalizó el Hemiciclo a Juárez y La Alameda.

Escena 4. Hace seis meses, durante el conflicto de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, autoidentificados como estudiantes tomaron —con violencia y con paliacates que les tapaban media cara— los 5 planteles, la rectoría y las oficinas administrativas.

En todas estas escenas varios actores repiten sus bien financiados papeles. Sus rostros —en algún momento se destapan— son identificables. Hay un grupito que ha participado en todos estos episodios, llevando la voz más radical, violenta y represora de libertades (ellos mismos desempeñaron el mismo rol en algunas asambleas del movimiento #yosoy132).

A más de dos semanas de la toma de la Dirección General del CCH, insisten en que son estudiantes víctimas de una campaña de criminalización mediática, que no son narcomenudistas ni violentos, sino que forman parte de un movimiento pacífico que se defiende —en este caso— de la “represión” orquestada (ahora) por las autoridades del CCH.

Desde octubre pasado, a través de una estructura colegiada con la Dirección de los CCH, académicos y profesores comenzaron a negociar el plan de estudios. A la par de estas discusiones, en el CCH Naucalpan se llamó a reforzar las medidas de seguridad afuera del plantel, incluyendo la remoción de algunos puestos de ambulantes en donde además de comida chatarra se vendía droga.

El 1 de febrero personal de seguridad de Auxilio UNAM detuvo en las puertas del CCH Naucalpan a un estudiante que pretendía ingresar alcoholizado. Un grupo de “activistas” lo defendió y provocó el primer enfrentamiento que reventó las negaciones sobre el programa de estudios.

Lo mismo ocurrió en la UACM y en las manifestaciones del 1 de diciembre: la irrupción violenta de un grupo radical, encapuchado y sin capacidad discursiva descarriló todo.

Los verdaderos estudiantes y académicos de tantas instituciones afectadas han pedido al gobierno capitalino que investigue quién está detrás de estos grupos que además de reventar protestas han cometido delitos. Son los mismos. Los conocen.



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