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Tintero económico | Alejandro Villagómez

Democratizando la productividad

Doctor en Economía por la Universidad de Washington. Especialista en macroeconomía, política monetaria y fiscal, ahorro y pensiones. Profeso ...

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El punto central es que el comportamiento de la productividad en nuestra economía ha sido más que raquítico y urge cambiar esta situación
Miércoles 30 de enero de 2013

En las últimas dos décadas nuestro crecimiento económico ha sido raquítico y en el fondo existe un problema de productividad, por lo que éste es un tema central.

Durante los últimos días, la administración de EPN ha anunciado una nueva cruzada en sus acciones de políticas públicas, pero en esta ocasión la ha denominado “democratizar a la productividad”. El calificativo intenta enviar el mensaje de que todos los actores involucrados en los procesos productivos deben de participar para lograr aumentar la productividad. Pero más allá de este calificativo, lo importante es que se vuelve a poner sobre la mesa uno de los temas más apremiantes para nuestra economía, pero terriblemente complejo y sobre el cual existen todo tipo de diagnósticos y prescripciones aunque poco hemos avanzado en resolver el problema.

Primero hay que entender este problema es su contexto. El gran dilema de nuestra economía en las últimas dos décadas es su bajo y raquítico crecimiento. Entre 1950 y 1980 la economía mexicana creció a una tasa anual promedio de más de 6%, lo que condujo a rápidas mejoras en nuestros niveles de vida. Este rápido crecimiento resultó ser insostenible y llegó a un fin abrupto en 1982, cuando explotó nuestra crisis de deuda externa. Recuperarnos de esta crisis fue un proceso lento y doloroso que significó el estancamiento de nuestro crecimiento. A partir de la segunda parte de los 80 se inició un proceso de reforma estructural muy amplio y que alcanzó su punto máximo a principios de los 90, pero después de dos décadas, este esfuerzo no se ha reflejado en una recuperación de las tasas de crecimiento observadas hasta antes de la crisis del 82. ¿Por qué no crecemos? Ésta se ha convertido en la pregunta central entre académicos y autoridades desde hace ya mucho tiempo.

Para entender mejor este asunto es útil fraccionar el crecimiento económico en dos componentes. El primero corresponde a la acumulación bruta de los factores de producción (equipos, capital, trabajadores, etcétera) y está relacionado fundamentalmente a los montos invertidos en capital físico y humano. El segundo componente corresponde a las mejores en la calidad de estos factores o a su mejor uso o asignación. Es en este punto en donde la productividad es el concepto central. Para los no especialistas, la idea es simple: cómo producir más con los recursos que tenemos. Pero esta simpleza del concepto no está correspondida con nuestra capacidad de entender con precisión que elementos la determina ni con nuestra capacidad de medirla de una forma precisa. Las estimaciones estándares utilizadas sugieren que esta productividad creció a un tasa anual promedio del 2% en los años 60, (fue negativa en los 80) y no hemos podido recuperar estos crecimiento en las últimas dos décadas.

No se necesita ser especialista o economista para entender que si yo produzco cierta cantidad de un producto en una fábrica con cierta cantidad de máquinas, trabajadores e insumos, la posibilidad de producir más producto con lo que tengo significa mejorar la asignación de mis factores en el proceso productivo y mejorar su calidad. Entonces estamos hablando de muchos temas. Trabajadores con mayor educación, no sólo en cantidad, sino en calidad; máquinas con mejor tecnología; mejor provisión en mis insumos, con mayor calidad y precios competitivos, lo que significa que los mercados funcionen bien y que exista una infraestructura física adecuada; sistemas crediticios adecuados para realizar mis operaciones, un marco jurídico que me ayude a resolver controversias y me ofrezca garantías en mis relaciones comerciales y contractuales; protección a mis derechos de propiedad, etcétera. Todo esto lo sabemos y existen cientos de estudios teóricos y aplicados que fundamentan estas ideas. Lo que no sabemos es cuál o cuáles de estos factores son los más relevantes y exactamente como afectan mi proceso productivo y terminan aumentando la productividad.

Un tema que se ha enfatizado mucho en este contexto es el de la informalidad. Levy señala en algunos de sus trabajos recientes que “un peso de capital y trabajo en una empresa informal produce entre 35% y 50% menos producto que ese mismo peso de capital y trabajo en una empresa formal”.

El problema es que, como él mismo menciona, los establecimientos informales y legales crecieron 33% en la última década, los informales e ilegales en 96% y los formales y legales se contrajeron. Levy atribuye este resultado a la existencia de un sistema de protección social no contributivo que desincentiva la formalidad. Podemos estar o no de acuerdo, pero seguramente ha contribuido a este fenómeno como varios de los elementos antes mencionados.

El punto central es que el comportamiento de la productividad en nuestra economía ha sido más que raquítico y urge cambiar esta situación. Las acciones deberán ser también drásticas y no serán mágicas. Por ejemplo, la reciente reforma constitucional a la educación es apenas un paso inicial. Hay que tener ahora un profesorado de calidad que pueda ofrecer una educación de calidad y eso requiere muchas más acciones y tiempo. Es necesario romper grupos monopólicos y rentistas para mejorar el funcionamiento de nuestros mercados; hay que mejorar el sistema de procuración de justicia; hay que tener un sistema financiero que efectivamente cumpla con su función de otorgar crédito a las empresas; y en general hay que mejorar el marco institucional para que genere incentivos adecuados y otras reglas del juego que promuevan actividades productivas y no rentistas. Si esto es lo que significa “democratizar” la productividad, pues bienvenida esta nueva cruzada.



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