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Itinerario Político | Ricardo Alemán

Un déspota en Los Pinos

Nació en la ciudad de México en 1955 e inició en 1980 su carrera profesional como reportero del diario "A.M." de León Guanajuato. Ha trabaj ...

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Martes 15 de enero de 2013
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Al tiempo que los políticos del PAN procesan la escandalosa derrota electoral de su partido, también se produce la decantación de lo bueno, lo malo y lo peor del gobierno de Felipe Calderón, al que algunos probados “calderonistas” no dudan en motejar como “un gobierno despótico”.

Y es que muchos de los que antaño se considera “hombres del presidente” —en la gestión de Calderón— y que en su momento no se atrevieron a confirmar las abundantes y diversas versiones sobre la presidencia autoritaria, despótica y grosera de Felipe Calderón, hogaño corren el velo sobre el verdadero “déspota” que ocupó la casa presidencial en los últimos seis años.

Y las versiones pudieran parecer exageradas o interesadas —incluso parte de una venganza rapaz—, pero cuando son cruzadas y las confirma más de uno, adquieren un incuestionable valor periodístico. Resulta que al poco tiempo de ocupar la casa presidencial, Felipe Calderón sufrió una transformación severa de personalidad que lo convirtió en un gobernante —y presidente— igual o peor que aquellos mandatarios surgidos del PRI y que, históricamente, debió combatir el PAN, según sus fundadores.

De acuerdo con esas versiones y a los pocos meses de despachar en Los Pinos, Calderón ya no escuchaba a nadie, se creía infalible, poseedor de la verdad y la razón absolutas y sin más “pendejeaba” a todos sus colaboradores. Se alejó de la realidad y las reuniones de trabajo se convirtieron en lo más parecido a un monólogo, en donde la única voz y la razón eran las de “el presidente” y —¡claro!— las de aquellos que descubrieron que el elogio desmedido a la figura presidencial era la mejor forma de sobrevivir al despotismo extremo.

Todo el primer círculo presidencial atestiguó —no una, ni dos, sino cotidianamente— el desplante grosero y hasta soez de las expresiones de Calderón, dirigidas lo mismo contra secretarios de Estado que subsecretarios, legisladores y “amigos”. Se supo, incluso —por ahí de la mistad del sexenio— que una subsecretaria abandonó el cargo y terminó en el hospital, luego de ser víctima de un encolerizado Calderón.

Otro subsecretario, al que le encomendaron “planchar” el encuentro Felipe Calderón-Javier Sicilia —que paradójicamente fue el momento más lúcido de Calderón—, salió luego del evento rumbo al hospital, luego de la reprimenda presidencial.

Según testigos, las reuniones semanales de gabinete eran una verdadera tortura. Un enfurecido Calderón regañaba a todos por igual —sólo sobrevivían a la furia presidencial los titulares de Sedena y Marina— y los secretarios entraban temblando y salían peor. No es casual, por ejemplo, que no pocos secretarios de Estado vivieron severos problemas de salud.

Pero fue tal la presión, la humillación y el regaño al que eran sometidos los colaboradores del presidente —sobre todo hacia el final del gobierno— que muchos preferían mentirle a Calderón para no ser víctimas de su furia, con el consecuente aislamiento del jefe del Ejecutivo. El riesgo de mentirle era menor al de ser reprendido, ridiculizado y ofendido.

Pero los problemas no sólo fueron la ira y el despotismo sin freno. No, también la necedad política y el amor al autoritarismo. Impuso a Germán Martínez y a César Nava al frente del PAN, al mejor estilo del autoritarismo del viejo PRI, sin escuchar a nadie y sin que nada le importara. Y gracias a ello, el PRI aglutinó a buena parte del partido, pero en su contra. Gracias a su despotismo llegó a la presidencia Gustavo Madero. Y también gracias a eso, Josefina Vázque Mota le ganó la candidatura presidencial a Calderón.

Pero la venganza de Felipe Calderón fue descomunal. Cerró todas las vías legales e ilegales posibles para que llegara financiamiento a la señora Vázquez Mota —precipitando su derrota—, a la que también mandó al hospital.

La fea enfermedad del poder que, según acapulqueños, ya también coquetea al presidente Peña Nieto. Al tiempo.

EN EL CAMINO

La empresa de telefonía de Carlos Slim hace agua. Un usuario de Temixco, Morelos, tiene cuatro meses sin servicio telefónico y de internet. Sigue pagando, le mienten y engañan pero nadie resuelve la deficiencia. ¡Y en el colmo, tampoco puede cancelar! Por cierto, en Sonora crece el descontento con el gobernador panista Padrés, que de la noche a la mañana es propeitario de caballos de registro, que no cuestan tres pesos. Eso sí, a sus críticos les llama “malnacidos”. ¿Les dice algo el nombre de Jaime Martínez Veloz? Político con siete vidas, que sea en el PRI, PAN y/o PRD, siempre cae parado. Hoy está de vuelta en el PRI, que lo vio nacer, luego de vestir de azul y amarillo. El milagro mexicano. ¿Qué no?



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