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Tintero económico | Alejandro Villagómez

En defensa de la economía y el nobel 2012

Doctor en Economía por la Universidad de Washington. Especialista en macroeconomía, política monetaria y fiscal, ahorro y pensiones. Profeso ...

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El diseño de mecanismos de mercado es un claro ejemplo de la enorme utilidad de la ciencia económica en la vida diaria de una sociedad
Miércoles 17 de octubre de 2012

El lunes se dieron a conocer a los ganadores del Nobel en Economía este año. Probablemente muchos ni enterados estén, y no los culpo, tengo que aceptar que el Nobel de Economía es el hijo “bastardo” de este “prestigiado” premio y no causa la misma expectación que el Nobel de la Paz o el de Literatura. Peor aún, después de la terrible crisis en la que se vio inmerso el mundo desde el 2008 y que ha significado enorme desempleo en muchos países y una gran pérdida de bienestar, pues la economía como ciencia no ha salido bien librada de este episodio y en diversos medios hacen referencia a la “ciencia lúgubre o deprimente” (dismal science), incapaz de predecir y explicar eventos tan dramáticos como la crisis mundial reciente. Seguramente varios de mis colegas han alzado ya la ceja para apuntar: “ese es problema de los macroeconomistas”. Si, probablemente y debería dedicar este espacio para responder a una crítica, en parte cierta. Pero ese no es mi objetivo en esta ocasión. Tal vez sólo recordar que la macro es una sub disciplina más joven que la micro y que las crisis macro son escandalosamente visibles pues las sentimos todos, no así las crisis que afectan sólo a un mercado.

Pero lo que quiero defender hoy es a la economía en su conjunto y mostrar cómo esta ciencia resulta muy útil para problemas prácticos en la vida real o del día a día. Y el premio Nobel de este año lo muestra con toda claridad. Los ganadores fueron Alvin Roth, profesor de Harvard, ahora en Stanford y Lloyd Shapley, profesor en la Universidad de California. El motivo fue sus aportaciones al diseño de mercados. ¿De qué estamos hablando?

Trataré de explicar de manera simple la idea. Durante toda nuestra vida estamos continuamente participando en diversos mercados tratando de encontrar a la contraparte ideal que nos represente la mejor opción posible. Por ejemplo, cuando busco un trabajo quiero encontrar la mejor opción, que me genere el mayor bienestar y sobre todo, la mayor estabilidad. Todos sabemos lo desagradable y costoso que significa entrar a un trabajo que no nos gusta y no nos ofrece las mejores condiciones. No sólo reduce nuestro bienestar, sino que en poco tiempo estaremos nuevamente dentro del estresante proceso de buscar un nuevo trabajo. O que decir cuando buscamos a nuestra “media naranja”. La búsqueda de nuestra pareja “óptima” no es un proceso sencillo. Si tuviéramos a nuestro alcance un mecanismo que nos permitiera tomar la mejor decisión, probablemente reduciríamos el alto y doloroso costo de los pleitos y, en el extremo, los divorcios. Un caso más dramático es la posibilidad de encontrar a un donador adecuado para el trasplante, por ejemplo, de un riñón, en un mercado que no es posible comprar “el producto” y es muy complejo.

En todos estos casos, el modelo más simple de texto nos dice que el mercado debería resolver el problema. Por desgracia esto no siempre sucede en la vida real y resulta útil contar con una ayuda que permita resolver este problema. Es útil contar con un “ingeniero” que diseñe un mecanismo que permita encontrar la solución para los participantes. Y esto es precisamente lo que hicieron Shapley y Roth. El primero desde un punto de vista teórico y el segundo desde un punto de vista más aplicado. El primero desarrolló un “programita” que se llama algoritmo que permite lograr que todos los participantes encuentren su contraparte adecuada, queden todos contentos y además la solución sea estable, mientras que el segundo lo aplicó a casos de la vida real.

Y ¿cómo sucede esto? Imaginemos el mercado de hombres y mujeres buscando a su pareja. Cada hombre escoge y presenta su propuesta a su primera opción. Cada mujer rechaza aquellas propuestas inaceptables, pero posterga la respuesta en aquellos casos en los que no es definitivo el rechazo. Cada hombre rechazado realiza una propuesta a su segunda opción. De nuevo, cada mujer rechaza aquellas propuestas inaceptables que además pueden incluir a aquellos individuos no rechazados en la primera ronda, pero que ahora ya resultan inaceptables. El proceso se repite hasta que ya no exista ninguna propuesta nueva; cada mujer termina aceptando a su opción más preferida y se logran las parejas adecuadas y estables. Seguramente este proceso resulta simple y poco creíble para muchos de los lectores. Pero el principio de este mecanismo ha sido en extremo útil para otros mercados. Por ejemplo, ha sido muy exitoso en el mercado de los jóvenes médicos recién egresados que cada año aplican a los hospitales para su internado. Roth les resolvió su caótico proceso a mediados de los años noventa en Estados Unidos con muy buenos resultados. También está funcionando para colocar a los alumnos en las escuelas públicas de ciudades como Nueva York o en Boston. Y también ha permitido establecer un interesante mecanismo en el caso de la donación de órganos.

En México, algunos colegas están trabajando en esta interesante área, como Alex Elbittar en el CIDE, sobre trasplantes renales en México, o Alex Castañeda en el Colegio de México, sobre el diseño de mercados de subastas. Realmente es un área muy fascinante y un claro ejemplo de la utilidad de la economía en la vida diaria. Definitivamente, una gran elección del jurado Nobel.



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