aviso-oportuno.com.mx

Suscríbase por internet o llame al 5237-0800




Economía Informal | Macario Schettino

Fetichismo legal

Macario Schettino se dedica al análisis de la realidad, en particular la de México, desde una perspectiva multidisciplinaria: social, políti ...

Más de Macario Schettino



COLUMNAS ANTERIORES


Ver todas sus columnas
Una de las cosas más raras que tenemos en México es publicidad del gobierno, o más bien, de los distintos niveles y poderes del gobierno.
Jueves 20 de septiembre de 2012

Si ya es bastante extraño escuchar promocionales del Ejecutivo, local o federal, oír anuncios de la Suprema Corte o de las Cámaras de Senadores o Diputados es verdaderamente absurdo. Pero bueno, así están las cosas.

En días recientes escuché un anuncio de la Cámara de Senadores que me llevó a escribir esta colaboración. Tal vez usted lo haya oído también: aparece una voz de mujer que dice que “gracias a la Ley de Educación Media Superior, mi hijo puede estudiar el bachillerato”. Le sigue una voz de un joven diciendo “gracias a la Ley de Primer Empleo, terminé de estudiar y ya estoy trabajando”, y así siguen varias voces que afirman falsedades similares.

Digo falsedades porque se trata de un anuncio producido por especialistas, que no es una recopilación de opiniones de personas. Y digo falsedades porque no hay manera de que una madre pueda asociar el que su hijo estudia bachillerato con una ley que todavía no tiene efectos en la obligatoriedad de la media superior, o que un joven suponga que tiene empleo por una ley que, en los hechos, es irrelevante.

Que los señores legisladores se gasten dinero en este tipo de promocionales me parece absurdo, pero tampoco es como para organizar una manifestación en contra. Que inventen opiniones de la gente me parece inadecuado, pero tampoco es algo que nos deba provocar en exceso. Pero lo más grave, creo, es lo que refleja este anuncio: Los legisladores creen que sus leyes modifican o construyen la realidad. Eso sí es un problema.

Tal vez no es sólo que ellos creen eso, sino que además la población misma cree algo similar, o no le parece chocante la creencia, al menos. Esta idea de que la realidad es producto de lo que las leyes dicen no podemos calificarlo sino como fetichismo legal. Debe tener algo que ver con la tradición legaloide de la vieja España, y las manías de Felipe II, pero también hay que sumarle nuestra propia historia. La gran guerra civil del siglo XIX fue por eso, porque un grupo de diputados acelerados se arrancaron con leyes que transformarían la realidad, pero que en realidad acabaron convirtiéndose en la excusa de la guerra: la Reforma.

Y aunque no fue ése el motivo, la guerra civil del siglo XX terminó con una revisión profunda de la Constitución que acostumbramos tratar como si hubiese salido de la nada. Y tanto la de 1857 como la de 1917 son Constituciones de buenos deseos más que de normas aplicables. Ninguna se usó mucho, precisamente por ello. La primera le servía de excusa a Juárez, que la verdad, poco caso le hacía, lo mismo que Díaz a partir de su segundo mandato. La segunda se empezó a usar cuando cumplía la venerable edad de 80 años, y ya había sufrido medio millar de reformas, reformitas y reformotas.

En mi opinión, éste es uno de los dos problemas que tiene México: vivimos al margen de la ley. Lo hicimos desde la Independencia de 1821 hasta el fin del régimen de la Revolución de 1997. En ningún momento, me parece, se utilizó la ley en esos casi 180 años. Como se acostumbra citar a Juárez, a los enemigos la Ley, a los amigos, además, la gracia. Bueno, pues eso no es ley ni es nada, es la arbitrariedad natural del autoritarismo, que no tiene diferencia si fue de Juárez, de Santa Ana, de Díaz, Obregón, Calles, Cárdenas, o cualquiera de los demás.

Puesto que las leyes no se han usado en México, buena parte de ellas no se escribió pensando en que fuesen a utilizarse, sino simplemente en que sonaran bien, que la posteridad se cimbrase con su lectura. En consecuencia, en esos 180 años fuimos desarrollando la costumbre de adaptar la ley a la realidad, y no al revés. Esa adaptación, además, se convirtió en “forma de vida” de funcionarios. El registro civil, la Ley de Juárez, nos permitía a los mexicanos tener varias actas de nacimiento, cuando no varios matrimonios o personalidades. El registro de propiedad, todavía hoy, puede acumular una decena de propietarios de un mismo predio, o puede hacer a un notario terrateniente, cuando no a un funcionario de ahí mismo.

En México la ley empieza a utilizarse a partir de 1997, porque el presidente deja de tener esas facultades “metaconstitucionales” de las que tanto se habla y que no son otra cosa que autoritarismo puro. La Suprema Corte de Justicia se transforma en 1994, pero en realidad adquiere poder en 1997, cuando el presidente lo pierde. Y es entonces cuando empezamos a usar la Constitución, y a darnos cuenta de sus deficiencias. Pero en lugar de corregirla (que no podemos, porque no estamos de acuerdo aún en qué queremos hacer de México), hemos ido parchando unas leyes, corrigiendo otras, haciendo legibles y operativas otras, y poco a poco hemos empezado a cumplir la ley.

Pero en lugar de festejar ese gran cambio, de encauzarlo y dirigirlo, nuestro Congreso festeja las actitudes del pasado, es decir, creación de leyes inútiles que se supone cambiarán la realidad. ¿Necesitamos mejorar la educación? Una ley que lo haga. ¿Necesitamos empleos? Una ley que los cree. Hágame el favor.

La creencia de que nos haríamos una república democrática por la Constitución del 24, o Liberal por la Constitución del 57, o Socialista por la del 17, ahora la tenemos en versión poquitera: como no podemos hacer una nueva Constitución, pues unas leyes por acá y otras por allá que nos hagan un país con más educación y empleo. O que milagrosamente creen mercado interno, o lo que sea.

La gran transformación de México ocurrirá cuando nos convirtamos en un país de leyes, lo que implica dos procesos: uno, aplicar la ley a todos; el otro, hacer leyes sensatas. Ambos deben hacerse simultáneamente, aunque parezca extraño, porque de otra forma no tendrían éxito. Pero lo más interesante es que llevamos 15 años en ese proceso sin darnos cuenta de ello. Tres lustros en los que la ley se ha empezado a aplicar (y eso ha evidenciado las grandes fallas institucionales que tenemos, desde la policía y los jueces hasta la distribución del poder político. Vamos bien, pero hay que acelerar el paso, y en eso no ayuda para nada el fetichismo legal.



PUBLICIDAD