Desaceleración brasileña justo a tiempo

Es director general y socio fundador de De la Calle, Madrazo, Mancera, S. C. (CMM), donde es responsable de la administración y operación de ...
Más de Luis de la CalleMiércoles 18 de julio de 2012
En los últimos meses, ha quedado clara la franca desaceleración de la economía brasileña. El menor ritmo de actividad económica se explica no sólo por la disminución de los precios de las materias primas, sino por la debilidad de la demanda agregada interna y el poco progreso en materia de competitividad.
Los últimos datos disponibles muestran que la actividad industrial se está contrayendo, que el producto interno bruto creció sólo 0.8% en el primer trimestre y que el tipo de cambio ha pasado de 1.5 reales por dólar a 2.05 en el espacio de unas semanas. Ante este panorama, los analistas han reducido las expectativas de crecimiento de Brasil con cada vez mayor frecuencia. Aún la tasa anunciada hace dos días de 2.5% para 2012 parece ambiciosa y es probable que resulte menor.
Las malas noticias para Brasil representan un reto muy importante para el gobierno de Dilma Rousseff. En los últimos años su economía tuvo un comportamiento espectacular que la posicionó como consentida de los mercados mundiales y de los consejos de administración de las empresas multinacionales (la instrucción era estar allí a cualquier costo) y al ex presidente Lula como un líder global.
No obstante, las malas noticias de corto plazo también son una oportunidad para Dilma y para Brasil. Por mucho que se quisiera, el desarrollo y el crecimiento no son lineales ni puede esperarse que se den por sí solos como resultados del azar. Esta pausa en el crecimiento es una ocasión para llevar a cabo una introspección sobre las fortalezas de la economía brasileña y sobre cómo usarlas para apuntalar un crecimiento realmente sostenido y sustentable.
En el largo plazo, la única manera de crecer y desarrollarse es a través de incrementos sostenidos en la productividad. Estos sólo pueden conseguirse a través de una transformación de la estructura de la economía y de la movilidad de los trabajadores para transitar a actividades de alto valor agregado en las que puede multiplicarse el ingreso pero con el mismo nivel de esfuerzo.
La discusión sobre la transformación de la economía brasileña en una realmente competitiva está íntimamente relacionada con el debate sobre su política comercial. ¿Debe abrirse Brasil al comercio internacional? Con frecuencia los funcionarios públicos, analistas y aun empresarios brasileños responden este cuestionamiento de forma negativa por el temor de que las empresas locales no puedan competir en el mercado interno contra las importaciones y que sus exportaciones de manufacturas no sean competitivas en el resto del mundo.
Brasil ha concebido su política comercial en términos de proteger a su industria, estimular el contenido nacional de los procesos productivos y fomentar campeones nacionales por medio del apoyo de la banca de desarrollo. No obstante, la desaceleración de la economía y la respuesta del gobierno al tomar medidas para aislar a la industria aún más de la competencia internacional, parecieran indicar que no se ha promovido una industria competitiva. Por supuesto, la fuerte apreciación del real, resultado de que Brasil se puso a la moda en los mercados mundiales y del carry trade por el diferencial de tasas de interés (ahora menor por las reducciones de la Selic), explica sólo parte de la falta de competitividad pero en ningún caso es el factor más importante.
La implementación de la política comercial de Itamaraty ha consistido en apostar todo el capital internacional a la ronda de Doha en la Organización Mundial de Comercio y al Mercosur. El problema es que condicionar la apertura al progreso que se pueda hacer en estos dos frentes cancela toda oportunidad de emprenderla y aun discutirla. Doha lleva años sin posibilidades de movimiento, mientras que Mercosur se ha movido en sentido inverso: las medidas tomadas por Argentina y, en menor medida, Brasil, se han traducido en menores volúmenes de comercio intrarregional y han puesto a la vista las debilidades de Mercosur para asegurar la apertura del comercio.
La reciente suspensión de Paraguay del seno de Mercosur y la aceptación de Venezuela no auguran una dinamización del comercio y de la apertura en el grupo.
Brasil debe plantearse qué tipo de economía aspira a ser: una competitiva basada en la competencia y centrada en el bienestar del consumidor, o una protegida, centrada en favorecer la producción. En contra de lo que muchos anticipan, al final del día Brasil va a optar por ser una economía altamente competitiva. La razón es muy clara: la economía brasileña tiene todos los ingredientes para ser competitiva, pero para lograrlo es necesario un proceso de apertura. Sin ella no habrá suficiente competencia para la competitividad, amén de que la protección a las importaciones implica, desde el punto de vista económico, un impuesto a las exportaciones. Con este impuesto implícito, las exportaciones de manufacturas no pueden ser competitivas en los mercados internacionales y se agudiza la tendencia natural de un país exportador de materias primas a especializarse sólo en ellas, lo que se conoce como el padecimiento holandés.
El comportamiento de la economía brasileña también encierra lecciones importantes para México. No son pocos los que han argumentado que México debiera seguir los pasos de Brasil en el terreno de su política industrial (a través de la inducción de mayor contenido nacional aunque no sea competitivo); su política comercial (para proteger e impulsar sectores clave); su política de banca de desarrollo (para fomentar y aun subsidiar la formación de campeones nacionales) y su política de indexación de los salarios mínimos.
Parece que la desaceleración brasileña también llega a tiempo, no sólo para que Brasil se plantee el camino a seguir, sino para que México evalúe qué ruta es más conveniente tomar.


