Visionaria de Wuppertal

La columna de David Huerta se ocupa de diversos temas de la cultura contemporánea y no tan contemporánea; el apartado "otras cos
Más de David HuertaNo sabría yo por dónde empezar a comentar la película Pina del director alemán Wim Wenders. Es difícil hacerlo pues la cinta rebasa por todos lados el arte cinematográfico: es mucho más que un documental, y también más que un homenaje a la gran coreógrafa de Wuppertal, la visionaria Pina Bausch. Es una pieza en la que el talento de Wenders brilla tanto más cuanto que está enteramente puesto al servicio de las coreografías de Pina Bausch: éstas son el centro cardinal de la serie de imágenes extraordinarias que vemos y a Wenders se debe que sea así.
Él se ha ocultado magníficamente para que ella sea la figura principalísima de la película.
Es la primera cinta que veo en tercera dimensión (3D). Me negué a hacerlo con los bodrios provenientes de los Estados Unidos, como Avatar. De ahora en adelante escogeré con cuidado las películas que vea en ese formato. Pina fue una experiencia notable aunque el 3D no formó parte esencial, para mí, de la velada.
Lo que uno ve en la pantalla —y en alguna forma, casi fuera de ella— tiene que ver, claro, con el espectáculo dancístico; pero más allá de éste, cala con brío en algunas dimensiones de las que suelen ocuparse disciplinas como la poesía y la filosofía. Los testimonios de los bailarines de Wuppertal apuntan en esa dirección cuando evocan a Pina Bausch, su personalidad, su trabajo, sus métodos: es la dirección o señal que yo mismo he seguido al llamarla “visionaria”.
Vi en teatros, en cuatro o cinco ocasiones, al grupo de Pina Bausch; la última vez, la obra “Claveles”, en el Palacio de Bellas Artes. Lejos de tratar de competir con las presentaciones escénicas, lo que ha hecho Wenders con las coreografías de Bausch ha sido muy original: escoger, cuando le ha parecido que así debe ser, escenarios no teatrales, al aire libre o en espacios cerrados singularmente extraños, ya sea por su desnudez o por su sobriedad.
El cinematografista ha contribuido, por medio de esas decisiones, a lo que en mi opinión forma una visión alternativa de los espacios dancísticos.
¿Cómo son las coreografías de Pina Bausch? Llenas de pasión trágica, de sentido del humor, de ligereza y de gravedad: los cuerpos se mueven con brusquedad o levemente, siempre con torsiones y desplazamientos sorprendentes.
Los bailarines hablan a veces, o cantan; los objetos de todos los días, sillas, mesas, se animan en las manos y con los cuerpos de los intérpretes; las historias se desarrollan con toda la grandeza o la sencillez de la vida realmente vivida, a veces como dentro de un abismo, a veces con un esplendor floral, vinculado a los elementos con una gracia asombrosa.
Recuerdo a Pina Bausch en una película de Federico Fellini: una princesa ciega, presencia imborrable, inolvidable. Ahora, gracias a la película de Win Wenders, la tendremos preservada en una especie de visión antológica de su obra. Pocas veces el cine ha sido tan noble, tan generoso.


